Caminar por las entrañas del Malacara: cuando un campo de Malargüe se vuelve un aula a cielo abierto
La familia Quezada administra las visitas al volcán que la geóloga Corina Risso empezó a estudiar a fines de los 90. El recorrido cruza dos de las tres cárcavas y termina en un mirador con vista a la laguna de Llancanelo.

Lo que hoy es una invitación a meterse, literalmente, dentro de un volcán nació como un trabajo de campo de la geóloga Corina Risso, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires, que a fines de los 90 llegó al paraje La Batra de la mano de Alberto Beto Quezada, el referente de la familia dueña del predio. Yo sigo volviendo cada vez que puedo, me dijo Beto cuando lo visité, y me contó cómo aquella primera curiosidad científica se transformó, con los años, en una salida de turismo rural que hoy sostiene a varias familias del sur mendocino.
El Malacara queda a pocos kilómetros de Malargüe, en un campo que hasta el 2000 se usaba casi exclusivamente para criar animales. La aparición de Risso cambió el destino de esa porción del terreno: dos años después de esas primeras caminatas conjuntas, la geóloga presentó sus investigaciones en una jornada abierta en Malargüe y, casi al mismo tiempo, la familia Quezada empezó a organizar recorridas con guías de la zona. La apertura turística se fue consolidando de a poco, primero a caballo por senderos del campo, y desde el 2006 con una vieja huella petrolera que permitió llegar en camioneta y, más adelante, acondicionar el camino con maquinaria.
Adentro del volcán: lo que se ve y lo que se toca
La caminata entra por una de las tres cárcavas que tiene el volcán en su parte alta. Aunque los tres cráteres del Malacara quedan casi ocultos para quien lo recorre desde abajo, tapados por la forma del terreno y por la vegetación, la sensación es exactamente la opuesta: la de meterse en las entrañas de una montaña que se fue abriendo con el tiempo. El recorrido pasa por dos de esos pasadizos, atraviesa paredes onduladas, atraviesa tramos de roca amarilla, atraviesa depósitos negros que se desgranan al tocarlos, y termina en un mirador desde el que se distingue, a lo lejos, la laguna de Llancanelo.
La luz entra por las aberturas de la parte superior y el aire frío circula entre las grietas, algo que sorprende a quien espera encontrar calor. Los colores no están ahí de adorno: ayudan a entender la historia del lugar. Según explica Risso, el Malacara se formó por la interacción del magma con agua, probablemente de una laguna antigua. Ese encuentro fragmentó la lava y produjo buena parte de las superficies amarillas que hoy llaman la atención. Cuando el agua dejó de intervenir, la erupción siguió y se acumularon los materiales oscuros que se ven arriba de los anteriores. Mucho después, la erosión del agua y del viento abrió los corredores que hoy se recorren a pie.
“La visita es una clase de geología a cielo abierto, pero también una forma de que la gente entienda que ese campo que siempre miramos de afuera tiene una historia que se puede caminar.”Corina Risso, geóloga e investigadora de la Universidad de Buenos Aires
Qué se necesita saber antes de ir
- El acceso se administra desde la familia Quezada en el paraje La Batra, cerca de Malargüe, en el sur de Mendoza. Conviene contactarlos antes para coordinar día y horario de la visita.
- La propuesta combina una caminata con observación de las formaciones volcánicas y una parada final en un mirador con vista hacia la laguna de Llancanelo.
- Los depósitos son frágiles: al avanzar se recomienda no tocar paredes ni llevarse fragmentos, porque los materiales se desintegran con facilidad.
- El recorrido atraviesa dos de las tres cárcavas del volcán, con paredes onduladas, roca amarilla y sectores negros de depósitos volcánicos.
- Las primeras salidas se hacían a caballo por senderos del campo; hoy se ingresa por una antigua huella petrolera acondicionada para camioneta y maquinaria.
La pregunta que me quedó dando vueltas mientras me contaba todo esto fue la misma que le dejé a Beto antes de irme: qué le pide hoy la familia Quezada al municipio de Malargüe y al gobierno de Mendoza para sostener este proyecto. La respuesta fue clara y directa, como suele ser él: piden que se los acompañe con infraestructura mínima, señalización y apoyo para los guías locales, y que se los deje administrar el acceso como lo vienen haciendo desde hace más de dos décadas. También quieren que la experiencia siga creciendo de la mano de la investigación científica de Risso, porque entienden que lo que se cuida es, al mismo tiempo, un patrimonio geológico y una fuente de trabajo para su comunidad.
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