Cinco rincones del mundo donde la vida se estira: qué hacen distinto sus habitantes para sumar años
Un cardiólogo argentino recorre las comunidades más longevas del planeta y encuentra un patrón común que nada tiene que ver con la genética: fe, movimiento cotidiano, comida de la tierra y un motivo para levantarse cada mañana.

Yo quiero arrancar esta nota con un vecino cualquiera de Loma Linda, una ciudad californiana que parece salida de otra época, y con doña María, una abuela costarricense cualquiera que ya pasó los ochenta y sigue yendo al mercado como si fuera una excursión. Esas dos personas, sin saberlo, comparten algo con los viejos de Icaria, con los pastores de Cerdeña y con las señoras de Okinawa: una manera de vivir que, según el cardiólogo Jorge Tartaglione, explica las tres cuartas partes de cuánto vamos a durar en este mundo. La genética, advierte el especialista, solo pone el veinticinco por ciento; el resto lo definimos nosotros, con cada decisión chica del día.
La fe como anestesia del tiempo
En Loma Linda, me cuenta Tartaglione, la comunidad es predominantemente religiosa, y esa pertenencia no es un dato menor: parece sumarles hasta diez años de expectativa de vida por encima de la media. No es magia, dice el médico, es que la fe organiza rutinas, sostiene vínculos y da un porqué que banca las malas. En criollo: tener algo en lo que creer funciona como un motor silencioso que empuja hacia adelante.
Cuerpos que no paran, bocas que comen limpio
Después aparece Costa Rica, donde la gente se pasa los años comiendo frutas tropicales y caminando sin apuro, y la isla griega de Icaria, cuyo terreno es tan empinado que obligar a moverse a cualquiera. Ahí no hay gimnasio, hay cuesta. Y Cerdeña, en Italia, suma otro ingrediente que Tartaglione resume con una frase que me quedó dando vueltas: "lo que sale de la tierra, lo que le da el sol, lo que se pudre". Con esa manera de hablar apuntó a los alimentos frescos, sin conservantes ni aditivos, todo lo contrario de esos paquetes que compramos en el súper y que tardan años en vencerse.
Tener un propósito, aunque sea tomar mate
El quinto lugar es Okinawa, Japón, donde la clave se llama ikigai, una palabra que en castellano traduciríamos como el motivo por el cual uno se levanta cada mañana. "No significa que tenés que hacer algo enorme", aclara Tartaglione, "sino tomarte un mate con una amiga, salir a caminar, salir a pasar el perro, pero todos los días se levantan con una visión, se levantan con ganas de hacer algo". El médico cuenta que vio personas de noventa años que se levantan a bailar, a cantar o a tocar música, y uno piensa, acá nomás, en la señora del barrio que sale a barrer la vereda cada mañana como si fuera un ritual.
- Fe o pertenencia: integrarse a una comunidad que sostiene una creencia compartida puede sumar hasta diez años de vida respecto de la media, según el caso de Loma Linda.
- Movimiento cotidiano: no hace falta un gimnasio, alcanza con que el propio entorno obligue a caminar, como en Icaria, o con mantener un ritmo de vida sin apuro, como en Costa Rica.
- Comida de la tierra: frutas, verduras y alimentos frescos, sin ultraprocesados, tal como se sigue haciendo en Cerdeña.
- Un propósito diario: tener un motivo para levantarse, por pequeño que sea, como el ikigai de Okinawa, organiza la jornada y alarga la vida.
A mí, como lectora y como vecina de cualquier barrio argentino, lo que más me sirve de este recorrido es que ninguno de estos hábitos pide plata ni condiciones extraordinarias. No hay que viajar a una isla griega ni mudarse a California: alcanza con revisar qué comemos, cuánto nos movemos y con qué motivo abrimos los ojos cada mañana. Y si alguien tiene entre cincuenta y cinco y cincuenta y seis años, dice Tartaglione, todavía está a tiempo de sumar entre veinte y veinticinco años sin enfermedad, siempre que se ponga manos a la obra hoy. La pregunta que le dejo al lector es la misma que me hago yo: cuál de estos cuatro hábitos se puede meter en la rutina desde mañana, sin excusas.
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