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Domingo, 11 de octubre de 2026
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Cuando decir que no se vuelve una urgencia: lo que cuesta poner límites y lo que cuesta no ponerlos

Ansiedad, resentimiento acumulado y hasta dolores sin causa aparente son algunos de los precios que se pagan por no saber decir que no. Tampoco es gratis lo contrario: vivir como un ataque cada límite del otro también hace mella. La buena noticia es que se aprende.

RC
Rosana CharoleComunidades y territorio · · 3 min de lectura
Cuando decir que no se vuelve una urgencia: lo que cuesta poner límites y lo que cuesta no ponerlos

A mí me costó mucho tiempo entender por qué un simple no me generaba tanta culpa. No fue hasta charlarlo con profesionales y leer lo que el material de referencia señala con tanta claridad que pude poner en palabras algo que muchos lectores seguro sienten: aprender a poner límites no es un don natural, es algo que se construye, y se empieza a construir mucho antes de lo que uno imagina. Les quiero compartir, en primera persona, lo que aprendí sobre por qué a veces nos cuesta tanto decir que no y qué pasa cuando, en lugar de ponerlos, los terminamos pagando con el cuerpo.

El primer límite no lo pone uno: lo pone el afuera

El límite empieza a formarse desde los primeros meses de vida, cuando todavía ni siquiera sabemos que existimos como alguien separado del otro. El bebé necesita que alguien lo ponga, porque no hay psiquismo posible sin un afuera que contenga y marque. El pecho que no siempre está, el no firme ante un peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en el momento como frustración, es lo que después va a permitir distinguir entre uno mismo y el otro, entre lo que uno desea y lo que la realidad ofrece. Por eso, bien mirado, el límite no es lo opuesto del amor sino una de sus formas más silenciosas.

El que no puede decir que no: lo que se gana y lo que se pierde

Cuando ese proceso no se completa bien aparece el primer patrón, y es más frecuente de lo que parece: el de quien no puede poner límites. Suele ser alguien que aprendió, temprano, que el propio deseo molesta o que un no propio puede poner en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que en el fondo no quiere, tolera situaciones que le hacen daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Lo que se gana es, en el corto plazo, cierta paz aparente; lo que se pierde, con el tiempo, es mucho más.

  • Cuadros de ansiedad que aparecen sin que haya un motivo visible.
  • Resentimiento que se acumula de a poco, sin que uno se dé cuenta.
  • Un cansancio que ningún fin de semana resuelve, porque no es físico sino psíquico.
  • Dolores sin causa orgánica clara, insomnio y otros síntomas que el cuerpo empieza a poner donde la palabra no llegó.

El que no tolera el no del otro: cuando la fortaleza es fragilidad

Del otro lado está el patrón opuesto: el de quien no tolera el límite ajeno. Para esa persona, cualquier no se vive casi como una ofensa o un desafío personal. Aunque por fuera parezca fortaleza o carácter, por dentro responde a una imagen de sí muy frágil, que necesita confirmarse una y otra vez venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, con el tiempo, se van organizando alrededor de su voluntad y eso, lejos de fortalecerlas, las va vaciando de a poco.

Entre esos dos extremos hay un punto intermedio que no es ni sumisión ni imposición: la capacidad de decir que no sin sentir culpa inmediata y de escuchar un no ajeno sin tomarlo como una amenaza personal. Llegar hasta ahí tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien uno depende, sea en lo afectivo o en lo económico. Pero, como me dijo una vez una psicóloga que me marcó, ese costo casi siempre termina siendo menor que el de seguir acumulando silencio, ansiedad y resentimiento.

La buena noticia es que se puede revisar

Lo más importante que me llevo de todo esto, y que quiero compartir, es que esto no es un rasgo de carácter fijo, grabado a fuego en la personalidad. Se construyó en un momento particular de la vida y, cuando no se construyó del todo bien, se puede revisar. Un tratamiento adecuado ofrece algo que muchas veces no tuvimos: un espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que estamos traicionando al otro ni traicionándonos a nosotros mismos. Eso, en mi caso, fue un antes y un después.

RC
Rosana CharoleComunidades y territorio

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