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Cuando el acoso no se va al timbre: pediatras argentinos encendieron la alarma por el bullying que sigue prendido en el celular

La Sociedad Argentina de Pediatría publicó un documento que describe cómo el acoso escolar dejó de ser un problema del aula: ahora se muda a WhatsApp, a las redes y a los videojuegos, y vuelve con los chicos al colegio a la mañana siguiente. Las consecuencias llegan al cuerpo y a la cabeza, y el pedido apunta a familias, escuelas y equipos de salud.

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Rosana CharoleComunidades y territorio · 4 DE SEPT DE 2026 · 5 min de lectura

A Lucía la conozco desde que empezó la primaria en un colegio del conurbano bonaerense. Tiene once años, pelo largo y una sonrisa enorme, pero su mamá, Daniela, me cuenta que desde hace meses esa sonrisa se apagó. Todo empezó en el patio, con un apodo que le dejaron caer unos compañeros. "Yo pensé que era una cosa de chicos", me dice Daniela mientras me mira fijo, con la voz quebrada. "Pero después le empezaron a llegar mensajes al grupo del curso, después memes en Instagram y un día me la encontré llorando en la cama a las dos de la mañana porque la estaban ridiculizando en un chat que yo ni siquiera sabía que existía". Lo que le pasa a Lucía no es un caso aislado, ni un drama de películas: es exactamente lo que acaba de denunciar la Sociedad Argentina de Pediatría en un documento que sacudió a la comunidad educativa y que volvió a poner el tema en el centro de la escena.

El acoso ya no cierra con el timbre del recreo

La afirmación es directa y la repiten los pediatras una y otra vez: el bullying dejó de tener horario. Una agresión que arranca en la escuela puede seguir esa misma tarde en un grupo de WhatsApp, escalar de noche en redes sociales y volver al aula a la mañana siguiente como si nada hubiera pasado. Esa continuidad entre lo físico y lo digital es el corazón del nuevo informe, que fue elaborado por ocho comités y subcomisiones de la SAP y que describe un fenómeno que, según los especialistas, se volvió inseparable de la vida cotidiana de los chicos.

“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño.”Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP

Pedrouzo, que es pediatra especialista en Desarrollo Infantil, lo explica con una frase que a mí, como madre y como periodista, me dejó pensando: la escuela solía ser un lugar para aprender y la casa, un lugar para que el cuerpo y la cabeza descansen. Cuando eso se rompe, se rompe todo. Por eso la SAP advierte que el celular, esa ventana que los chicos tienen al mundo, se transformó también en una puerta abierta para que el acoso entre al cuarto sin pedir permiso.

Las formas del ciberbullying que enumera el documento

A ese listado, que a mí me suena conocido porque lo escuché de padres y de chicos a lo largo de los últimos años, la SAP le agrega un factor que mete más ruido todavía: las herramientas de inteligencia artificial que permiten alterar imágenes y videos de manera cada vez más sencilla. Una foto sacada de contexto, una edición malintencionada, un audio recortado, todo puede circular en cuestión de minutos y dejar una huella que el ojo desprevenido no detecta, pero que el chico víctima siente en el cuerpo como un golpe seco.

El documento, además, pone blanco sobre negro en algo que a veces se confunde: no toda pelea entre compañeros es bullying. Para que se trate de acoso escolar tienen que coincidir tres condiciones: intención de causar daño, repetición en el tiempo y un desequilibrio de poder que impide a quien lo sufre defenderse o ponerle fin. Puede ser físico, verbal o relacional, y cuando se muda al celular adopta nuevas formas que no por digitales dejan de doler igual.

“El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en ellos. Están los compañeros que observan, los adultos responsables, las familias y la institución en la que ocurre. Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema.”Equipo de la Sociedad Argentina de Pediatría

Esa última parte me parece clave, y la quiero repetir porque la siento muy de cerca: nunca hay que dejar al chico solo frente al acoso. En el caso de Lucía, su mamá me cuenta que lo primero que le dijeron en la escuela fue que "no se metiera", que "los ignore", que "el tiempo lo va a arreglar". Nada de eso pasó. Por el contrario, el silencio de los adultos fue leído por los agresores como un permiso para seguir. Recién cuando Daniela insistió, cuando pidió entrevistas con las autoridades del colegio, cuando llevó el tema al gabinete psicopedagógico, algo empezó a moverse, aunque todavía queda un camino largo por recorrer.

Las consecuencias que ya se ven en los consultorios

La SAP no habla en abstracto. Enumera lo que está llegando a los consultorios pediátricos de todo el país: dolores físicos recurrentes, sobre todo de cabeza y de panza, alteraciones del sueño, caída en el rendimiento escolar, aislamiento, ansiedad, tristeza persistente y, en los casos más graves, depresión e ideas de hacerse daño. Es decir, el acoso no se queda en la pantalla ni en el patio: se mete en el cuerpo y en la cabeza, y deja marcas que a veces tardan años en irse.

Por eso el llamado de la entidad es amplio y no apunta a un solo responsable. Les habla a las familias para que estén atentos a señales como el cambio de hábitos, el miedo a ir a la escuela o el apego repentino o el rechazo brusco al celular. Les habla a las escuelas, para que tengan protocolos claros y no naturalicen el acoso como una etapa propia de la infancia. Y les habla a los equipos de salud, para que pregunten, para que no minimicen lo que cuentan los chicos y para que articulen con el resto de la comunidad educativa.

A mí, como Rosana Charole, esta nota me deja una sensación que mezcla bronca y esperanza. Bronca, porque todavía hay adultos que miran para otro lado o que le piden al chico que banque solo una situación que a un adulto lo destruiría. Esperanza, porque cuando una sociedad se pone a discutir en serio algo que durante años quedó escondido detrás de la frase "son cosas de chicos", algo empieza a cambiar. Lo que les pido a las familias, a las autoridades escolares y a los equipos de salud es que no esperen a que un caso explote para actuar: que el timbre del recreo vuelva a marcar un límite, que la casa vuelva a ser un refugio y que el celular deje de ser, para los más chicos, un pasillo sin salida.

RC
Rosana CharoleComunidades y territorio

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