Cuando el café de los chicos deja de ser un gusto y se vuelve un problema: lo que dicen los especialistas de Yale
Dificultades para dormir, temblores y bajo rendimiento escolar pueden ser señales de un consumo excesivo de cafeína en adolescentes. Especialistas de Yale recomiendan revisar qué se toma, en qué horario y por qué.

Me acuerdo de Mateo, un pibe del barrio que un día me dijo que estaba reventado y no entendía por qué, porque tomaba "poquita" cosa. Cuando le pregunté qué era poquita, me empezó a tirar los nombres: un energizante antes del cole, un café con leche cuando se le hacía la noche, un chicle de esos con sabor a frutilla que le compraba la madre pensando que era caramelito y, a veces, un sobrecito que mezclaba con agua porque se lo había pasado un compañero del secundario. Ahí, charlando con él y con su vieja, entendí que el verdadero problema no era la criatura, sino todo lo que estaba metiendo en el cuerpo sin que nadie en la casa lo midiera como correspondía.
De eso se trata, en el fondo, esta nota: de prestar atención a la cafeína que consumen les adolescentes, porque no siempre viene en una taza de café ni tiene gusto amargo, y a veces aparece disfrazada de golosina, de bebida de moda o de sobrecillo con sabor a fruta que parece inofensivo. Como le escuché decir a Sabhyata Agrawal, neumonóloga y especialista en sueño de Yale, cuando un pibe o una pibe tiene dificultades para dormir, está nervioso, le tiembla el cuerpo, le bajan las notas o se le nota el pulso alterado, conviene revisar qué está tomando a lo largo del día antes de pensar en otra cosa.
No es solo el café: dónde se esconde la cafeína
Porque acá viene el primer punto importante para cualquier madre, abuelo, tía o vecino que quiera acompañar a un adolescente: la cafeína no aparece únicamente en el pocillo de café de la mañana. La especialista Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría de Yale, explicó que también está en las bebidas energizantes, en algunas gaseosas, en el chocolate, en chicles y en esos sobres saborizados que se disuelven en agua y que, por ser dulcitos y frutales, disimulan el amargor y hacen que les jeunes los prueben como si fueran una golosina más.
Para dimensionar el asunto, esos sobrecitos pueden aportar entre 50 y 200 miligramos de cafeína por unidad, que es muchísimo más de lo que muchos adultos creen estar autorizando cuando le dicen al pibe "tomate ese juguito de frutilla y dormí tranquilo". Entonces, cuando en una casa alguien pregunta cuánto café se toma el adolescente, la respuesta corta siempre es la misma: no alcanza con contar las tazas, hay que mirar la heladera, la alacena y la mochila del colegio.
El horario pesa más de lo que parece
Y acá aparece algo que a mí, como adulta, me sigue costando aceptar: la cafeína no se va del cuerpo cuando uno se acuesta a dormir, sino que se queda un buen rato dando vueltas. Según Agrawal, empieza a actuar entre 30 y 45 minutos después de tomarla y, entre cinco y seis horas más tarde, todavía queda en el organismo aproximadamente la mitad de la cantidad que se ingirió. Por eso, la recomendación concreta que ella hace es evitarla después de las 13 o las 14, según el horario en que cada familia acostumbra a descansar.
A eso se le suma un cambio que es propio de la adolescencia y que muchas veces se interpreta mal: el reloj biológico de los pibes se va corriendo hacia horarios más tardíos, entonces les cuesta dormirse temprano y, al día siguiente, les cuesta levantarse. Si a ese cansancio la familia lo resuelve con otro café, con otra bebida energizante o con otro chicle con cafeína, el alivio momentáneo vuelve a retrasar el sueño y empieza un círculo vicioso que termina en agotamiento crónico, mal humor y notas cada vez más flojas.
Lo que la comunidad médica les pide a las familias
- Evitar la cafeína antes de los 18 años, como propuso Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale.
- Excluir las bebidas energéticas de la alimentación de niños y adolescentes, por su alta concentración de cafeína y otros estimulantes.
- Tener en cuenta que, según Agrawal, los jóvenes pueden experimentar palpitaciones, molestias digestivas, ansiedad y temblores con cantidades menores que las que tolera un adulto.
- Revisar las etiquetas de chicles, sobrecitos y bebidas saborizadas, porque no siempre es claro cuánto cafeína contienen.
- Prestar atención al consumo durante los videojuegos nocturnos, ya que, como explicó Park, puede responder tanto al deseo de mantenerse despierto como a una costumbre compartida con otros jugadores.
- Acompañar la conversación con una revisión de las rutinas de pantallas, porque la luz de los dispositivos reduce la producción de melatonina y se suma al efecto de la cafeína.
A mí lo que me queda dando vueltas, después de leer todo esto, es la misma sensación que me quedó charlando con Mateo: que solemos mirar para otro lado cuando un pibe está cansado, nervioso o le va mal en la escuela, y en lugar de preguntar qué le pasa, le pedimos que se espabile, que se acostumbre, que se drogue menos con el celular y que duerma mejor, sin revisar nunca qué es lo que estuvo metiendo en el cuerpo durante el día, a veces con nuestra propia autorización, a veces sin que lo sepamos.
Por eso, lo que las familias y las comunidades educativas pueden empezar a pedir, en concreto, es bastante claro: a las autoridades escolares, que difundan en los colegios qué productos tienen cafeína y cuáles no, porque no todas las familias lo saben; a las autoridades de salud, que regulen el contenido de cafeína en chicles, sobrecitos y bebidas saborizadas que se venden como si fueran inofensivos; y a les adultes en general, que antes de retar a un pibe porque está insoportable, pregunten qué tomó, a qué hora y por qué, porque muchas veces la respuesta está en algo tan cotidiano como una taza de café a las cinco de la tarde, un energizante a la noche o un chicle que parecía un caramelito y no lo era.
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