Cuando el rencor se queda: lo que el cuerpo paga por no soltar una ofensa
Presión que no baja, noches sin descanso y un sistema inmune que se desgasta: los efectos físicos de sostener un agravio durante años, según el psiquiatra Norberto Abdala.

A mí, cada vez que alguien me pregunta por el rencor, me viene a la cabeza la imagen de doña Elena, una vecina del barrio que durante casi veinte años fue guardando en silencio la misma afrenta familiar. No la gritaba, no la contaba en cada reunión: la sostenía. Y el cuerpo de doña Elena empezó a cobrar la factura antes que sus palabras. Hipertensión que no se controlaba con la medicación, noches en vela, un dolor cervical que los traumatólogos no lograban explicarle. Ella insistía en que no le pasaba nada raro, en que solo estaba "cumplida de años". Pero el reloj interno de su organismo llevaba décadas funcionando en modo de alerta.
La ofensa guardada sin procesar no es solo una carga emocional: tiene consecuencias físicas concretas. El cuerpo interpreta el recuerdo del agravio como si la amenaza siguiera presente y responde igual que ante un peligro real. Presión alta, insomnio, inflamación crónica y fatiga son algunos de los efectos que se acumulan cuando el rencor se vuelve un estado permanente en lugar de una reacción pasajera.
Por qué el rencor no es lo mismo que la bronca
A diferencia de la bronca puntual, que aparece con fuerza y se disipa, el rencor implica volver mentalmente sobre la ofensa una y otra vez, con una intensidad que no baja con el tiempo. Puede durar años, incluso décadas, y su origen puede ser una traición, una injusticia laboral, una ruptura o un conflicto familiar. Es como si el disco rígido de la cabeza se hubiera trabado en una misma pista y la repitiera sin apagar el motor.
Las cinco áreas del cuerpo que más sufren
- Sistema cardiovascular: la presión se eleva de forma crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo, porque el organismo lee el recuerdo como una amenaza activa y dispara los mismos circuitos de alarma que usaría frente a un peligro real. Con el tiempo, crece el riesgo de enfermedad coronaria.
- Eje hormonal: el cortisol, la hormona del estrés, permanece alto más tiempo del que corresponde. Esa elevación sostenida altera el sueño, favorece la acumulación de grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina, lo que puede abrir la puerta a trastornos metabólicos.
- Sistema inmunológico: con los mecanismos de defensa exigidos de manera constante, bajan las defensas frente a infecciones y aumenta la inflamación de bajo grado, un proceso silencioso que se vincula con enfermedades crónicas de distintos tipos.
- Plano muscular y digestivo: el cuello, la mandíbula y la espalda acumulan rigidez que no cede con el descanso, lo que explica muchas cefaleas tensionales sin causa médica aparente. El eje intestino-cerebro, además, es especialmente sensible al estado emocional y se resiente con facilidad.
- Fatiga crónica: el cansancio que genera el rencor no se explica por el esfuerzo físico. Es el desgaste de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve.
El psiquiatra Norberto Abdala, especialista en psiconeuroendocrinología, precisa que no hay evidencia sólida para atribuir al rencor una enfermedad específica, pero sí que mantiene activados mecanismos perjudiciales para el organismo de forma sostenida. En ese sentido, señala que "el cuerpo que paga la factura es siempre el propio".
Cuando uno mira a doña Elena hoy, varios años después de haber empezado a trabajar ese enojo en terapia, reconoce que la medicina le cambió la presión, pero también le cambió el semblante. Cuenta que aprendió a decir en voz alta lo que antes masticaba en silencio, y que dormir una noche entera, sin dar vueltas en la cama repasando la misma escena, le pareció durante meses un milagro pequeño. Su comunidad más cercana, la del barrio, la de la plaza y la del club del que es socia, pide a los centros de salud que se tome en serio el peso del rencor: no como un capricho del carácter, sino como un factor clínico que merece tiempo de consulta, escucha profesional y, sobre todo, la misma seriedad con la que se trata cualquier otro riesgo cardiovascular.
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