Darío Giordano se planta: negó todo y pidió bajar el telón del conflicto mediático
El productor habló un día después de la denuncia pública de su hijo Valentín Yankelevich. Reconoció que el duelo lo desbordó, rechazó de plano las acusaciones de violencia y eligió el silencio público para preservar lo que queda de la familia.

Volvamos a la escena por un segundo: un pibe de 24 años se sienta frente a una cámara y cuenta, con la voz partida, que le levantaron la mano de chiquito. Al día siguiente, el padre agarra un comunicado y dice que eso no pasó. Así, de un domingo para un lunes, se desmorona un poco más una de las familias que la televisión argentina había mostrado como modelo. Darío Giordano le contestó a su hijo Valentín Yankelevich después de la denuncia pública por violencia física y emocional que el joven había hecho apenas 24 horas antes.
Qué dijo Giordano, palabra más palabra menos
El productor eligió el papel antes que el micrófono, y eso ya es toda una declaración de principios. En el texto que difundió, fue al hueso: rechazó las acusaciones de punta a punta, sin medias tintas. "Quiero dejar algo en claro: rechazo las acusaciones de violencia que se me atribuyen. Ni antes ni después del fallecimiento de Romina hubo episodios de esas características en nuestra familia", escribió.
Y acá viene lo interesante, lo que separa el comunicado del operativo prensa pura y dura. Giordano no se la agarró con nadie por su nombre, no chicaneó a Gustavo Yankelevich, el abuelo materno que tiene la tenencia de Valentín y Franco desde 2015, y hasta aceptó un cacho de culpa, por decirlo en criollo. "Es posible que, en ese momento de duelo y dolor, yo no haya estado a la altura de lo que él y Franco necesitaban. Les pido perdón por eso", reconoció, dejando en claro al mismo tiempo que eso no es lo mismo que admitir violencia.
“Los contactos y el poder no convierten una versión en verdad, ni le otorgan a nadie más derecho que a un padre a ser escuchado.”Darío Giordano, en el comunicado
El duelo que nadie te enseña a atravesar
Hay un detalle que a mí, que vengo de contar historias de gente, me parece clave. Giordano no esquivó el elefante en la habitación: la muerte de Romina Yan en septiembre de 2010. "La muerte inesperada y repentina de Romina destruyó el mundo que conocía. Nunca imaginé vivir una vida sin ella", dijo. Y ahí, en esa frase, está el corazón del asunto. Imagínense: te quedás vijo de golpe, con tres pibes chiquitos, y te toca ser padre y madre a la vez, mientras la tele y los diarios te clavan el cartel de viudo y nadie te pregunta cómo estás de verdad. No es un justificativo, ojo. Es el escenario.
Porque Valentín y Franco no son dos adolescentes enojados porque les sacaron laPlay. Son pibes que perdieron a la mamá con 8 y 7 años, que viven con el abuelo materno desde que eran casi niños, y que ahora, ya grandes, están empezando a poner en palabras cosas que les pasaron cuando todavía no entendían bien qué les pasaba. Eso, para mí, no invalida lo que dicen ni lo convalida automáticamente: lo contextualiza, que es otra cosa.
El otro movimiento: el pedido de intimidad
Lo último que dejó por escrito Giordano es, en realidad, lo más fuerte. Dijo que no quiere ganar una discusión pública. Pidió hablar de todo esto "en la intimidad, sin intermediarios, sin cámaras y sin que nadie necesite hablar por nosotros". Es decir: me bajo de la pelea mediática, pero no cedo en lo de fondo. Un paso al costado del ring sin tirar la toalla.
Mientras tanto, hay un hilo que el material deja colgado y que vale la pena marcar: Azul, la hija menor, vivió con su padre hasta el año pasado. El texto se corta ahí, no sabemos en qué contexto se fue ni con quién está hoy. Es una de esas preguntas que van a quedar flotando hasta que alguien, con permiso de los protagonistas, la conteste.
Qué ir a ver el finde, y qué pensar mientras caminamos
Les voy a ser sincera: este caso me dejó pensando más de lo que esperaba. Mi vieja, que es ucraniana y se crió escuchando a su madre repetir cosas en un idioma que yo apenas entiendo, me decía de chica una frase que me quedó tatuada: "La familia es la herida que elegís no cerrar". Y mirá, a 15 años de la muerte de Romina Yan, la herida sigue ahí, abierta, y ahora tiene nombres y apellidos públicos. (Aunque, claro, ninguna abuela ucraniana te resuelve un expediente de familia, por más sabia que sea.)
A mí, lo que me llevo puesto es esto: no se trata de tomar partido entre un padre y un hijo, sino de entender que cuando alguien denuncia y otro niega, lo más sano es que la Justicia, no las cámaras, sea la que hable. Mientras tanto, y para el que le gusta cortar la semana con una salida, este finde se viene la peña de chamamé en el club de siempre (porque un chamamé siempre viene bien para ordenar la cabeza). Vamos, que hay cosas que la televisión no sabe contar. Y esta, definitivamente, es una de ellas.
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