Después de dos semanas sin moverte, lo primero que se afloja es el aire: cómo retomar sin frustrarse
Una pausa corta no borra el trabajo de meses, pero sí puede hacer que correr o pedalear se sienta mucho más pesado. Especialistas en medicina deportiva y entrenamiento explican por qué la resistencia cae antes que la fuerza y qué hacer para volver sin sobresaltos.

Volver a calzarse las zapatillas después de un viaje largo, una gripe que dejó en cama o una semana imposible por el trabajo suele traer una sorpresa bastante incómoda: ese primer trote que antes salía con naturalidad ahora cuesta, el corazón se dispara antes de tiempo y uno tiene la sensación de que se quedó sin aire mucho más rápido de lo esperado. A mí, como a cualquiera que haya pasado por eso, lo primero que se le viene a la cabeza es una pregunta que duele: ¿se perdió todo lo que tanto costó construir? La respuesta corta, y bastante tranquilizadora, es que no. Pero también hay que decir algo que muchas veces no queremos escuchar: lo que más rápido se deteriora con la pausa es justamente la capacidad de sostener el esfuerzo, esa que uno asocia con el aire y el corazón, mientras que la fuerza tarda un poco más en resentirse. Entender esa diferencia es la llave para no abandonar el plan a la primera de cambio.
Por qué la resistencia se va antes que la fuerza
La explicación la puso sobre la mesa Jesse Shaw, profesor de medicina deportiva en la Universidad de Western States, y es bastante clara cuando uno se detiene a pensarlo: las adaptaciones que el cuerpo construye con el entrenamiento no se borran al mismo ritmo. El sistema cardiovascular, el que se encarga de llevar oxígeno a los músculos cuando uno corre, pedalea o nada, es más sensible a una interrupción de la actividad que la masa muscular. Por eso, alrededor de las dos semanas de inactividad puede empezar a bajar la función cardiopulmonar y eso se traduce, en la práctica, en que sostener un ritmo que antes era cómodo ahora se siente como una exigencia mucho mayor, con una frecuencia cardíaca que sube más rápido de lo habitual.
La fuerza, en cambio, tiene un margen un poco más generoso. Shaw explicó que recién después de tres a cuatro semanas de suspensión completa del ejercicio suele empezar a notarse una caída real en la capacidad de mover pesos similares a los que uno movía antes. Es como si el cuerpo tuviera dos relojes internos funcionando en paralelo: uno más ansioso, el de la resistencia, y otro más paciente, el de la fuerza.
No todos los cuerpos reaccionan igual
Y acá viene un dato importante que Shaw se encargó de remarcar, porque a veces uno se compara con el vecino del gimnasio o con el compañero del grupo de running y se frustra: esos plazos no funcionan igual para todas las personas. El entrenamiento acumulado y la edad influyen de manera determinante en cómo responde el organismo frente a una pausa. Quienes llevan años de actividad sostenida suelen conservar mejor sus adaptaciones, como si el cuerpo tuviera una especie de memoria de largo plazo. Además, hay algo que muchos subestiman y que el propio Shaw mencionó: las tareas cotidianas y el trabajo manual, incluso ese trajín de cargar bolsas, mover muebles o subir escaleras por el trabajo, pueden demorar la aparición de pérdidas relevantes de fuerza, algo muy distinto a lo que ocurre con alguien que pasa dos semanas literalmente inmovilizado en una cama.
Qué hacer durante la pausa para no perder tanto
Mientras dura la interrupción, hay dos recomendaciones que ambos especialistas coincidieron en señalar y que vale la pena tener a mano. La primera vino de Shaw y es nutricional: cuidar el consumo de proteínas para contribuir a conservar la masa muscular, algo que en el fondo es darle al cuerpo los ladrillos que necesita para no desarmar lo construido. La segunda la aportó Andy Stern, entrenador personal, y es bastante razonable: sumar movimiento suave siempre que se pueda y, cuando el cuerpo lo permita, reproducir los movimientos habituales del entrenamiento pero con una exigencia claramente menor, como una manera de mantener encendido el motor sin forzarlo.
Cómo volver sin comerse la ansiedad
La vuelta al entrenamiento es, para muchos, el momento más delicado, porque las expectativas suelen ser las mismas que se tenían antes de la pausa y el cuerpo, claramente, no está en el mismo estado. Por eso Stern fue muy directo al recomendar dedicar los primeros días simplemente a recuperar energía, sostener una buena hidratación y aumentar la exigencia de forma gradual, sin apurarse. En criollo: no pretender repetir la sesión de hace dos semanas como si nada hubiera pasado.
“El descanso también puede ser parte del entrenamiento. Una interrupción cercana a las dos semanas puede permitir una recuperación suficiente para mejorar el rendimiento posterior, un proceso conocido como supercompensación. Pero eso no significa que cualquier pausa produzca el mismo efecto.”Jesse Shaw, profesor de medicina deportiva en la Universidad de Western States
Al final, lo que queda de todo esto es una idea que a mí, como a cualquiera que entrena con regularidad, me sirve repetirla de vez en cuando: una pausa de dos semanas no tira por la borda meses de esfuerzo, pero sí puede hacer que el primer día de regreso se sienta como si el cuerpo hubiera olvidado algo. La clave está en entender que la resistencia se va antes que la fuerza, ajustar las expectativas, darle al cuerpo lo que necesita durante la pausa y volver de a poco, sin apurarse, porque volver es volver, aunque sea más lento de lo que uno quisiera.
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