Donde nace el zapato que sostiene el tango: 28 años fabricando bailarines en Suipacha
Antonio Ávalos heredó el oficio de su padre, un modelista que llegó a representar a Christian Dior en la Argentina, y hoy produce unos 50 pares por semana desde un local de microcentro porteño que es a la vez showroom y taller.

En la calle Suipacha, en el corazón del microcentro de Buenos Aires, hay una persiana metálica que se levanta hace 28 años casi todos los días y que da paso a un mundo donde los zapatos no se dibujan primero en un papel sino directamente sobre una horma de madera. Detrás del mostrador está Antonio Ávalos, un artesano de 46 años que a los 18 empezó a fabricar calzado de tango de la mano de su padre Eugenio, un modelista que en otra época representó a Christian Dior en la Argentina y que llegó a hacer zapatos de taco aguja cuando todavía las mujeres los usaban a diario para ir a trabajar. Hoy Antonio comanda Todo Tango Shoes, con su mujer Analía en ventas y su hijo Tobías, de 24, ya instalado en el taller.
Yo lo conozco a Antonio desde hace un tiempo largo, porque su local es de esos lugares que uno cruza y entiende rápido que está parado adentro de una historia familiar, y eso es algo que a mí, como cronista de los oficios, me atraviesa siempre. La primera vez que entré me atendió él, con una amabilidad algo seca, de esas que tienen los hombres que pasan más horas mirando hormas que mirando pantallas, y me dijo, casi sin preámbulos, que el oficio le venía de abajo, que de chico no tenían mucho dinero y que a él le gustaban las zapatillas que no le podían comprar, así que su padre le enseñó a hacerlas. Esa frase la cuento cada vez que puedo.
Del trazo sobre la horma al prototipo en la vidriera
El método de Antonio es distinto al de cualquier marca de zapatos de los shoppings que uno conoce. No hay un diseño que arranque en una hoja de papel, sino que Antonio toma una horma, dibuja encima, marca los trazos y arma un prototipo en talle 37 que después coloca en la vidriera como quien cuelga una pintura, para ver cómo reacciona la gente que pasa o la que se anima a entrar. Si el modelo funciona, entra en escena el escalista, que es la persona encargada de ajustar los moldes a toda la numeración, y recién ahí el zapato arranca el recorrido por las etapas de corte, aparado (que es el cosido de las piezas), armado, colocación de suela y terminación. Así se completa una producción semanal que ronda los 50 pares, un número que a mí me parece enorme si uno piensa que es todo trabajo manual y familiar.
“No podés poner un taco de 7 centímetros en una horma de 9, porque te va a caer mal. El zapato pisa chueco, ya sea en la punta o en el talón.”Antonio Ávalos, fabricante de calzado de tango
En el taller, la altura del taco se decide siempre en función del baile y no de la moda. Los tacos que se fabrican acá van de los 5,5 a los 9 centímetros según el cliente, porque cada bailarina sabe en qué caída se siente firme y en cuál se le va el eje. La horma manda. Si la horma es de 9, el taco no puede ser de 7, así de simple y así de técnico, algo que Antonio repite cada vez que alguien llega al local pidiendo algo que el pie después va a rechazar. A mí me gusta escucharlo hablar así, porque me recuerda que detrás de cada par de tacos hay un problema físico resuelto a mano y no con una planilla.
Suelas, zapatillas y un cambio que llegó con la pandemia
- Cromo: se usa en pisos pulidos de las milongas, porque no resbala pero sí desliza, condición indispensable para el giro del tango.
- Cuero: es la suela todoterreno, se adapta a cualquier superficie y fue la que se eligió masivamente cuando el tango salió a las plazas durante la pandemia.
- Cromo con base de zapatilla: las zapatillas que derivan del calzado de jazz llevan cromo en vez de goma y son las reinas de las prácticas y las milongas informales.
Aunque el tango es la especialidad de la casa, el local también fabrica calzado para otros ritmos. Para bachata salen modelos con varias tiras en el empeine y un taco chupete (así le decimos al taco bajo y ancho que se ensancha en la punta para dar más estabilidad), y para rock se hacen pares con una estética muy distinta, más robusta. Los materiales que entran al taller llegan en bollos y planchas y son los de siempre: cuero, telas, billoné, glitter, charol y un montón de estampados que vienen principalmente de China y Brasil. Antonio es bastante desconfiado del cuero ecológico, al que suele describir como un material con vencimiento, una manera gráfica de decir que se degrada con el uso, y por eso casi nunca lo recomienda a sus clientes.
Lo que más me llevo yo cada vez que visito este taller es una sensación muy concreta: que el tango, ese baile que parece tan etéreo y tan de escenario, en realidad se sostiene en decisiones técnicas que se toman golpe a golpe sobre una horma de madera. En esa persiana de Suipacha, que en 28 años se levantó tantas veces que ya nadie la cuenta, late una pequeña industria familiar que pide algo muy razonable: que se siga valorando lo hecho a mano, que no se pierda el oficio y que cada vez más gente se anime a entrar, preguntar y probarse un zapato que, antes de ser lindo, fue pensado para que el baile funcione.
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