El primer bocado del día y lo que se juega en el aula: por qué la merienda más importante cambió de horario
Una revisión de estudios encontró que saltearse el desayuno se asocia con peores resultados escolares en chicos y adolescentes, aunque no lo determina como única causa. Una dietista de Cleveland Clinic propone preparaciones rápidas para que la mañana no se gane el pulso con la mochila.

Me acuerdo de Tomás, un pibe del barrio que a las diez de la mañana ya daba lástima en el banco de la escuela: la cara larga, el ojo entrecerrado, la lapicera que se le caía de la mano porque no había probado bocado antes de salir de casa. Tomás no era vago ni desatento: estaba ayunando sin saberlo, porque para él el primer bocado de la jornada era el del recreo. Esa escena, multiplicada por miles, es la que empieza a interesar a la ciencia cuando se pone a mirar los cuadernos y las planillas de calificaciones. Una revisión de investigaciones, que reunió 45 estudios sobre el tema, encontró que comer por la mañana puede mejorar la atención, la memoria y la llamada función ejecutiva —la capacidad de organizar, planificar y resolver problemas— frente a la alternativa de continuar en ayunas. Y un análisis aparte, que juntó 24 trabajos observacionales, vinculó la falta de desayuno con un mayor riesgo de desempeño académico bajo en chicos y adolescentes.
Lo que la ciencia dice y lo que todavía no puede asegurar
Acá viene el primer reparo que cualquier lector juicioso tiene que hacer suyo: asociación no es causalidad, como me enseñó una querida maestra Wichí que respondía al rol de autoridad comunitaria cuando yo era pibe y le preguntaba por qué insistía tanto con la palabra evidencia. Que los estudios encuentren un vínculo entre saltearse el desayuno y peores notas no significa que omitir esa comida provoque, por sí solo, que un chico saque un tres en matemática. En el medio pueden aparecer otros factores —el descanso nocturno, la situación económica de la familia, la calidad general de la alimentación y hasta las rutinas de estudio en casa— que también pesan sobre el rendimiento. Lo que sí queda claro es que la investigación pone sobre la mesa un motivo fuerte para prestar atención al primer bocado del día, sobre todo en contextos donde la alimentación es insuficiente o directamente hay desnutrición, que es cuando los beneficios aparecen con más frecuencia.
Pero lo de no desayunar no se arregla solo con voluntad: hay mañanas en las que armar la vianda parece una carrera de obstáculos, y entonces la solución más realista pasa por dejar todo listo la noche anterior. Esa es, justamente, la propuesta que difunde Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children’s, para que las prisas no terminen ganando la pulseada y los chicos lleguen al aula con el estómago vacío.
Claves de la especialista para que la mañana no se coma el desayuno
- Preparar la noche anterior: dejar la avena remojada, los huevos ya hervidos y la fruta lavada listos en la heladera reduce el trabajo antes de salir.
- Congelar sándwiches de huevo, otra idea que circula desde Cleveland Clinic, para calentarlos en el momento y resolver la comida en minutos.
- Combinar proteínas y fibra en el plato, porque esa dupla ayuda a sostener la saciedad y a evitar el bajón energético de media mañana.
- Reducir las opciones con mucho azúcar, que pueden dejar hambre al rato y provocar un descenso posterior de la energía, justo cuando más se necesita.
- Atender a las preferencias, la edad y el tiempo disponible de cada chico antes de armar la rutina, porque no existe una cantidad única de proteína que sirva para todos.
“Después del ayuno nocturno pueden aparecer cansancio, menor claridad para pensar y lentitud física. Por eso el desayuno aporta energía para afrontar las primeras horas de actividad.”Jennifer Hyland, dietista de Cleveland Clinic Children’s
Yo lo traduzco a mi idioma de lectora grande: el cuerpo lleva entre ocho y doce horas sin recibir combustible, y pretender que un cerebro en pleno crecimiento rinda igual sin un plato delante es, cuando menos, una injusticia. Por eso, más allá de la receta puntual, lo que la evidencia y la experiencia de Hyland terminan pidiendo es algo bastante terrenal: que la familia, la escuela y el barrio le devuelvan al primer bocado del día el lugar que merece. Y que los programas escolares, cuando existan, se planifiquen con esa mirada: no alcanza con sumar minutos de matemática si al mismo tiempo se les está pidiendo a los chicos que rindan en ayunas.
Lo que la comunidad educativa viene pidiendo, y a quien apunta el reclamo, es bastante claro: a las familias, que organizan la mañana en casa; a las escuelas, que pueden habilitar espacios para comer algo antes de entrar a clase; y a los responsables de políticas alimentarias, para que el desayuno deje de ser un privilegio de quienes pueden planificar y se convierta en un derecho efectivamente garantizado en cada aula. Porque, como se va entendiendo con cada estudio que se acumula, detrás de una calificación baja puede haber algo tan simple —y tan evitable— como un plato que nunca llegó a la mesa.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

Psicología: razones por las que algunas personas no conectan con los perros

Carreras del mañana: qué perfiles profesionales liderarán el mercado laboral

Uso de pantallas y fatiga ocular: el problema que crece en silencio
