Viernes, 4 de septiembre de 2026
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Joshua Slocum, el hombre que le dio la vuelta al mundo sin saber nadar y se perdió en el intento

Reconstruyó un balandro podrido, navegó más de 46.000 millas sin cronómetro y escribió un libro que hizo historia. Once años después de su hazaña, zarpó hacia el sur y nunca volvió. Un repaso por la vida y el final sin testigos del primer solitario de los mares.

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Rosana CharoleComunidades y territorio · 4 DE SEPT DE 2026 · 4 min de lectura

A Joshua Slocum lo conozco desde hace años, por lecturas y por fascinación, y cada vez que vuelvo a su historia me sigue pareciendo la misma locura hermosa de siempre: un tipo de sesenta y cinco años, sin tripulación, sin cronómetro y sin saber nadar, que se sube a un balandro de once metros y se manda al confín del mundo como si fuera a dar un paseo. Lo que quiero contar acá es por qué ese recorrido importa, qué había detrás del hombre que lo hizo y, sobre todo, qué pasó con él después, porque el mar se lo llevó sin devolverlo y nadie vio cómo fue.

Un barco rescatado de un pastizal

El Spray, que así se llamaba el velero, había sido un balandro pesquero que Slocum recibió en estado de abandono, prácticamente podrido, tirado en un potrero de Massachusetts. Lo reconstruyó él solo, tabla por tabla, durante trece meses, sin más capital que el oficio que había ido acumulando desde los dieciséis, cuando se había enrolado como cocinero y grumete en un mercante para escapar de la granja familiar en Nova Scotia. Piensen en eso: un hombre que aprendió a navegar fregando ollas en la cocina de un barco terminó dando la vuelta al mundo en una cáscara de nueza que él mismo había salvado del olvido.

  • Partió de Boston el 24 de abril de 1895, sin expedición oficial ni fanfarria, con un solo tripulante: él mismo.
  • Cruzó el Atlántico, pasó por el Estrecho de Magallanes, bordeó el cabo de Hornos, atravesó el Pacífico y el Índico y cerró el círculo en Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898.
  • Cubrió más de 46.000 millas náuticas en poco más de tres años, sin escalas de prestigio y sin más tecnología que un reloj de hojalata al que le faltaba el cristal.
  • En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, primero como serie en revistas y después como libro, con un estilo seco, irónico y sin épica que conquistó a los lectores.

El ingenio del que navegaba sin garantías

Lo que volvía singular a Slocum no era la valentía bruta, que también, sino la precisión artesanal con la que resolvía cada problema. En el Estrecho de Magallanes, para disuadir a los fueguinos que intentaban abordar el Spray de noche, esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta: los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y salieron corriendo. Cerca de las Azores, enfermo y delirante por la comida en mal estado, dice que vio un piloto fantasma al timón; cuando se le pasó la fiebre, el balandro seguía su rumbo como si nada. Eran soluciones de marinero viejo, hechas con lo que había a mano, y esa mezcla de cálculo y de humor es la que después volcó en el libro.

“No sabía nadar. Decía que, en medio del océano, nadar solo servía para alargar la agonía.”Joshua Slocum

La fama no lo ancló. En noviembre de 1909, con sesenta y cinco años, zarpó una vez más desde Martha's Vineyard rumbo al sur, a las Antillas, según los registros que dejó antes de partir. Nunca llegó. Nunca apareció. Y lo más cruel, o lo más misterioso, es que tampoco hubo testigos del momento en que el Spray, con su único tripulante, dejó de existir. Algunos compatriotas y entendidos pidieron durante años que se lo busque, que se rastreen los archivos del Caribe, que se investigue si encalló en algún punto del arco antillano y si hay constancia de un hombre solo y mayor perdido en alguna costa; otros, simplemente, aceptaron que el mar se lo quedó, como se queda con los que le pertenecen de verdad.

Cada vez que vuelvo a Slocum me queda la misma sensación, y la quiero compartir con ustedes: hay una forma de coraje que no sale en los diarios del lunes, la del hombre común que durante años acumula oficio en silencio hasta que un día se sube a lo que tiene y sale a comerse el mundo. Y a veces, también, ese coraje termina sin prensa y sin testigos, como le pasó a Joshua, que volvió a hacer exactamente lo que mejor sabía hacer, esta vez sin público y sin red, y el Atlántico se lo guardó para siempre.

RC
Rosana CharoleComunidades y territorio

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