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La grasa abdominal que se aferra al cuerpo: por qué el abdomen se resiste aun cuando uno se esfuerza con la alimentación y el ejercicio

La genética, las hormonas, la edad y el sueño forman parte de un entramado que explica por qué la pancia no cede aunque se haga abdominales y se coma mejor: qué dice la evidencia y qué se puede hacer, con paciencia, para empezar a verla aflojar.

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Rosana CharoleComunidades y territorio · 8 DE SEPT DE 2026 · 3 min de lectura

A mi me pasa y me animo a confesarlo: hago abdominales, camino, cuido el plato y, sin embargo, la pancha sigue ahí, firme como si hubiera firmado un contrato de permanencia. La explicación que reúne la evidencia disponible es menos caprichosa de lo que parece: el cuerpo humano no decide, como si fuera un cirujano, de qué zona retirar grasa cuando le pedimos más actividad física o menos calorías. La genética, los cambios hormonales propios de cada etapa, la edad y hasta la calidad del sueño se entrelazan en un proceso que va mucho más allá de las sentadillas o de saltearse el pan. Por eso, aun cuando una persona ajusta la alimentación y suma movimiento, los resultados en el abdomen suelen llegar más tarde y de manera menos visible que en otras partes del cuerpo.

Dos tipos de grasa, dos tiempos distintos

Antes de impacientarse conviene entender que en la zona abdominal conviven dos tejidos que no se comportan igual. El primero es el subcutáneo, ubicado justo debajo de la piel, que es el que más se nota cuando uno se mira al espejo y el que más cuesta bajar a fuerza de constancia. El segundo es el visceral, que se aloja más profundo, envolviendo órganos como el hígado, el páncreas y los intestinos, y que está asociado a riesgos cardiovasculares y metabólicos cuando se acumula en exceso. La mala noticia es que los abdominales fortalecen la musculatura, mejoran la postura y aportan tonicidad, pero no deciden de qué depósito sale la grasa que se usa como energía; por eso es posible ganar firmeza en la zona media sin que el contorno cambie como uno quisiera, y por eso dos personas con rutinas similares pueden registrar resultados muy distintos.

Lo que el sueño tiene que ver (y mucho)

Hay un dato que a mí, particularmente, me llamó la atención y que muchas veces se pasa por alto: un estudio de la clínica Mayo encontró que restringir horas de sueño se asoció con un aumento del 9 por ciento en el área adiposa total del abdomen y del 11 por ciento en la grasa visceral, comparado con condiciones controladas. Dicho de manera llana: dormir poco no solo cansa, también engorda la panza. A eso se suma que la falta de descanso altera los mecanismos del hambre y la saciedad, lo que vuelve más difícil sostener cualquier estrategia alimentaria, por buena que sea la intención con la que arrancó.

Lo que mejor funciona, según la evidencia

Una investigación publicada en la revista JAMA Network Open, que siguió a más de siete mil adultos durante un promedio de siete años y dos meses, aporta una pista clave para quienes se sienten estancados: mejorar la calidad de la dieta y aumentar la actividad física al mismo tiempo se asocia con una menor acumulación de grasa visceral. El grupo que logró mayores mejoras conjuntas presentó 149 gramos menos de grasa visceral al final del seguimiento, un número modesto en la balanza pero relevante para la salud. La moraleja que deja el trabajo es que las dos palancas, alimentación y movimiento, hay que moverlas juntas y en simultáneo, no en tandas aisladas.

La orientación que se desprende de toda esta evidencia apunta a estrategias que articulen, de manera sostenida, lo que se come, lo que se mueve y lo que se descansa. Medir el progreso únicamente por el espejo suele distorsionar la evaluación: la evolución de la fuerza, la continuidad de los hábitos en el tiempo y los cambios en la circunferencia de cintura ofrecen una lectura más completa y menos castigadora del proceso, que en el abdomen suele ser más lento que en otras zonas del cuerpo. Mi consejo, si vale el de alguien que pelea con la misma pancha que muchos: armarse de paciencia, ajustar las tres patas del banco (comida, movimiento y sueño) y confiar en que los resultados llegan, aunque a veces tarden más en hacerse visibles que en la balanza.

RC
Rosana CharoleComunidades y territorio

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