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Miércoles, 14 de octubre de 2026
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Las huellas invisibles que repetimos sin darnos cuenta cuando nos toca criar

RC
Rosana CharoleComunidades y territorio · · 5 min de lectura
Las huellas invisibles que repetimos sin darnos cuenta cuando nos toca criar

Yo conozco a una mujer, Laura, chaqueña, de Castelli, que me dijo un día, casi al pasar, mientras cebaba mate en la galería de su casa: «yo a mi hija la abrazo todo lo que puedo, pero mi vieja nunca me abrazó y hay veces que me quedo dura, como si el cuerpo no supiera qué hacer». Esa frase me quedó dando vueltas durante semanas, porque Laura no es una excepción: es, en todo caso, la regla. Casi todos llegamos a la crianza cargando una mochila que no pedimos, llena de gestos, silencios y mandatos que aprendimos antes de tener memoria. Por eso me pareció tan valioso sentarme a charlar con Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma, para entender por qué repetimos con nuestros hijos lo que vivimos de chicos, qué marcas son las más difíciles de soltar y, sobre todo, qué señales nos avisan que nuestra propia historia se nos está metiendo en la crianza. McCoubrey lo resume con una idea que me golpeó: «somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos». Y esa historia no queda guardada en un placard: aparece en la forma en que hablamos, en cómo ponemos límites, en cómo reaccionamos frente a un conflicto y hasta en las ideas que circulan por la cocina de casa sobre el éxito, el dinero y el afecto.

Lo que se hereda sin saberlo

Lo más interesante de la charla fue descubrir que las marcas más difíciles de cambiar no siempre son las más visibles. Muchas están tan incorporadas que uno ni siquiera las cuestiona durante años, porque parecen «lo normal». McCoubrery me las enumeró una por una y me quedó claro que el denominador común de todas ellas es la rigidez, es decir, la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto de lo que nosotros esperamos. Cuando una familia repite el mandato sin darse cuenta, lo que se transmite no es una enseñanza, sino una cadena. Y cortar la cadena no es un acto de rebeld sino, ante todo, un acto de lucidez.

“Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma

Ahora bien, hay algo que a mí me sirvió mucho escuchar y que creo que a muchos lectores les va a resonar: querer hacer todo lo contrario a lo que nos tocó vivir de chicos tampoco garantiza que el resultado sea distinto. De hecho, puede ser contraproducente. McCoubrey lo explicó con una frase que me parece clave para entender por qué a veces nos obsesionamos con ser «los padres perfectos»: «criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres». Dicho de manera más criolla: en vez de mirar al nene que tenemos enfrente, estamos peleando con la madre o el padre que tuvimos hace treinta años. Y así se pierde el foco. Quien se crió en un hogar rígido, por ejemplo, puede terminar creyendo que cualquier frustración es traumática, y entonces le quita al chico la posibilidad de aprender a tolerar lo que se puede tolerar, que también es una forma de amar.

Las señales de que nuestra historia se está metiendo en la crianza

  • Una reacción desmedida ante una situación cotidiana: una bronca que desborda, un enojo que no termina de apagarse.
  • Una preocupación extrema por cualquier detalle, como si todo pudiera salir mal en cualquier momento.
  • La necesidad compulsiva de tener todo bajo control, incluso cosas que el hijo puede resolver solo.
  • Una culpa que aparece después y que paraliza, en vez de habilitar una reparación.
  • La sensación de estar repitiendo, palabra por palabra, lo que escuchamos de chicos en la boca de nuestros propios padres.

La clave, según me dijo McCoubrey, no está en buscar un punto medio matemático entre lo que nos tocó vivir y lo que querríamos haber vivido, sino en mirar al hijo concreto que tenemos enfrente. «Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver», señaló. Esa distinción me pareció enorme, porque rompe con la idea de que ser buen padre o buena madre equivale a ser permisivo, o que poner límites equivale a ser autoritario. No: el criterio pasa por preguntarse si lo que estoy haciendo protege y ordena sin humillar, o si lo que estoy haciendo expone al chico a algo que todavía no está en condiciones de enfrentar solo. Y acá viene lo más humano de la charla, lo que a mí me parece que es el verdadero corazón del asunto: cambiar estos patrones no implica no volver a equivocarse nunca. Nadie está exceptuado de meter la pata. Lo que importa, lo que de verdad modifica la cadena, es lo que se hace después del error. McCoubrey lo puso en palabras que me parecieron sencillamente enormes: «a veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto». Esa posibilidad de volver sobre lo que uno hizo, de reparar, de decir «me equivoqué y voy a intentar de nuevo», es probablemente lo que la mayoría de nosotros nunca recibimos de chicos. Y es, también, lo que más nos cuesta ofrecer, porque nos obliga a tolerar nuestra propia vergüenza, esa vergüenza que tantas veces vimos en la cara de nuestros propios padres y que juramos no repetir, hasta que un día descubrimos que la llevábamos puesta sin saberlo. Por eso me parece que la pregunta más honesta que podemos hacernos como madres y como padres no es «¿lo estoy haciendo bien?», sino «¿qué estoy repitiendo sin darme cuenta?». Y a partir de ahí, animarnos a mirar nuestra historia, a pedir ayuda si hace falta y a ensayar, una y otra vez, un modo de criar que no sea ni el de antes ni la rebelión contra el de antes, sino uno que por fin le pertenezca a ese hijo concreto que tenemos enfrente, con su nombre propio y su historia propia, que también está empezando a escribirse.

RC
Rosana CharoleComunidades y territorio

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