Lindelof, el jefe de "Perdidos", y la verdad sobre el limbo: la isla existió y el purgatorio no
A quince años del final de la serie, el cocreador volvió a poner las cosas en su lugar: lo que pasó en la isla fue real, los "flash sideways" fueron otra cosa y hasta explicó con qué libro se le ocurrió la idea.

A mí me sigue agarrando un escalofrío cada vez que veo el momento en que Jack se tira en la selva y el ojo se cierra. Esa imagen la tengo grabada desde el domingo de 2010 en que el canal de aire la pasó por última vez, y la cargo como quien carga un santo en la cartera. Por eso, cuando leí que Damon Lindelof volvió a la carga para aclarar qué pasó y qué no pasó en la isla, agarré el mate y me senté a tomar nota como si fueran los arrepentidos de un velorio. Lo que cuenta este hombre, que escribió la serie junto a J.J. Abrams y Jeffrey Lieber, es la versión oficial de un misterio que nos tuvo a todos discutiendo en asados, en redacciones y en grupos de WhatsApp durante más de una década.
La teoría del purgatorio, esa que todos repetimos
Durante años, la lectura más cómoda y la más repetida en cualquier sobremesa fue que la isla no era más que un limbo, un purgatorio lindísimo con playa, fumarolas y un humo negro que te persiga. Según esa versión, todos estaban muertos desde el primer capítulo y nosotros, pobres ingenuos, seis temporadas mirando sufrir a Jack, Kate, Sawyer y compañía en el más allá. Lindelof la desmiente de manera tajante y lo hace cada vez que tiene micrófono enfrente: "Todo lo que siempre te hemos mostrado, todo lo que ocurre en la isla, ocurrió. Absolutamente, al cien por cien", se cansó de repetir. Para el guionista, la Iniciativa Dharma fue real, la isla fue real y, cuando se apagó la pantalla, Hurley y Ben seguían administrando ese rincón del mundo como si fueran los dueños de un club de barrio con concesión en el Mar del Caribe.
“La idea de Bardo es un lugar al que vas cuando mueres pero no sabes que estás muerto. Nadie puede decírselo.”Damon Lindelof
Lo que sí ocurrió fue otra cosa, y ahí es donde la serie se mandó una de las suyas. La sexta temporada mostró una línea narrativa paralela, esos famosos "flash sideways" en los que los personajes no se conocían entre sí y el vuelo Oceanic 815 nunca se estrella contra la isla. Para los guionistas, ese mundo no es una realidad alternativa ni una paradoja temporal: es lo que les pasa a los protagonistas después de muertos, una especie de sala de espera cósmica donde cada uno va cayendo de a poco a medida que recuerda lo que vivió en la isla con los otros. El cierre de Jack, con el ojo abierto en el piloto y cerrado en el final, es la bisagra que une las dos mitades de la serie.
- La isla existió: todo lo que se vio durante las seis temporadas ocurrió de verdad, incluyendo la Iniciativa Dharma y el paso final de Hurley y Ben al mando.
- El purgatorio no: los "flash sideways" no son una realidad paralela ni un truco de viaje en el tiempo, sino la experiencia de los personajes después de muertos.
- La chispa budista: la idea de esa dimensión post mortem salió del Bardo Thodol, más conocido por estos pagos como el Libro tibetano de los muertos, que describe un estado intermedio en el que el alma no sabe que falleció.
- Un plan viejo: los guionistas sabían desde temprano que la serie terminaría con la muerte de Jack y empezaron a armar los "flash sideways" entre la tercera y la cuarta temporada.
- Un truco a propósito: los viajes en el tiempo del final de la cuarta y toda la quinta temporada se metieron para que el público confundiera esa línea con una paradoja y no entendiera la jugada hasta el final.
De un libro sagrado al living de todos los hogares
Lo más lindo del asunto, y lo que a mí me reconcilia un poco con la serie después de tanta polémica por el final, es dónde fueron a buscar la inspiración. Los guionistas estaban con el problema clásico de cualquier dramaturgo: matar al protagonista está bien, pero ¿qué hacés después con él? La respuesta les llegó de un texto budista antiquísimo, el Bardo Thodol, que en Occidente se conoce como el Libro tibetano de los muertos. El concepto del Bardo describe ese estado intermedio en el que uno muere pero no registra que está muerto, y nadie se lo puede decir aunque le tiren pistas. Lindelof lo resumió con la frase que abre esta nota, y la verdad que se le entiende todo con esa sola línea: la llega, se cruza con otro que tampoco sabe, comparten recuerdos que en ese plano no deberían existir y, recién cuando el rompecabezas se arma, cada uno se va. Para que el truco no se notara desde el primer capítulo de la sexta, metieron los viajes en el tiempo sobre el cierre de la cuarta y construyeron toda la quinta temporada sobre esa base, a sabiendas de que el público iba a leer los "flash sideways" como una paradoja más del mismo paquete.
A mí, que me crié escuchando las historias de mi abuela en ucraniano mientras ella pelaba papas en la cocina, eso de que los muertos se reencuentren y recuerden juntos me suena a algo muy viejo y muy conocido (mi abuela decía, en esa mezcla de ídish y ucraniano que le salía cuando se emocionaba, que los que se quieren se vuelven a encontrar en algún patio, y la verdad que la frase le pega justo al espíritu de la serie). Lindelof, sin ir tan lejos, admite que la inspiración vino de ese texto budista y que la decisión se tomó cuando todavía estaban emitiendo la tercera temporada, lo que significa que durante tres años enteros los guionistas cargaron con el secreto de qué eran esos renglones paralelos del final. Eso, para una serie que se emitió semana a semana con redes sociales explotando de teorías, tiene una valentía casi suicida. Hoy, a la distancia, lo que queda es lo de siempre: una serie que nos hizo discutir de filosofía, de física cuántica y de teología en la mesa familiar, con un final que no le gustó a todo el mundo pero que, visto en frío, tiene la elegancia de cerrar un círculo abierto desde el primer minuto.
Y bueno, si este finde te agarró la duda y querés volver a entrar a la isla, te dejo una recomendación: arrancá por el piloto ("Pilot, Part 1") un sábado a la mañana, con el mate encima y el teléfono lejos, y dejá que las seis temporadas te vayan llevando. Si ya la viste, la propuesta es otra: revisitala sabiendo que la isla fue real, que el humo negro fue real y que ese ojo que se cierra no fue un truco sino una promesa cumplida. A veces, reconocer que nuestros muertos se encuentran en algún lado es el consuelo más viejo y más nuevo que existe.
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