Llorar de verdad en doce minutos: la trastienda del truco que Wes Craven le hizo a Drew Barrymore
La escena que abrió Scream y redefinió el slasher fue construida con una decisión de marketing y un recuerdo doloroso que la actriz nunca pudo sacarse de la cabeza. La historia detrás de esas lágrimas, según cuenta una asistente del director.

Vuelvo siempre al living de casa, en un sábado cualquiera de los noventa, con mi viejo acomodando la antena y la tele llenándose de estática. El VHS de Scream ya estaba gastado de tanto ponerlo, y yo, que tenía edad para asustarme con todo, me quedaba clavada en el sillón cada vez que arrancaba la película. Aquella voz en el teléfono, la pregunta sobre cuál era la película de terror favorita, y después el grito, y después el silencio. Drew Barrymore en el piso, sin responder, y mi vieja tapándose los ojos con la almohada del mismo modo que Casey se tapaba la cara con la almohada en la pantalla. Eran otros tiempos, y el miedo se vivía en familia, sin streaming ni celulares de por medio.
Ahora, treinta años después del estreno, se conoce un detalle que cambia por completo la manera de leer ese arranque: las lágrimas de Barrymore no fueron actuadas. El llanto era de verdad, y a Wes Craven le costó exactamente una frase susurrada en el set, en el momento justo, para traerle de vuelta a la cabeza una imagen que la actriz no podía sacarse.
Un mechero, un perro, y el director que sabía dónde apretar
La historia la rescató Julie Plec, que en aquel 1996 era una de las asistentes de dirección de Craven. Según su testimonio, la noche anterior al rodaje Barrymore había leído una noticia que la había perturbado hasta dejarla sin dormir: la de un dueño que había quemado vivo a su propio perro. La actriz llegó al set todavía con esa imagen dándole vueltas, y cuando se lo contó al director, Craven entendió que tenía entre manos algo que ningún coach de actuación podía fabricarle a pedido.
La técnica fue tan simple como cruel, si se permite el juego de palabras. Durante la filmación, en el momento exacto en que la escena lo pedía, Craven se acercaba y le susurraba al oído una sola frase: estoy encendiendo el mechero. La actriz revivía la noticia, las lágrimas aparecían solas, y el grito que se escuchaba desde fuera del set no pertenecía al personaje sino a la persona. Plec lo contó sin vueltas: se oía a Drew gritar y aullar, y yo pensaba qué coño estaba pasando ahí dentro, y era Wes, que la estaba animando.
La otra capa del truco: matar a la protagonista en el póster
Pero el arranque de Scream no se sostuvo solo con una actuación brutal. Hubo una decisión de marketing que fue, en retrospectiva, tan importante como el guion. Barrymore fue puesta como cara absoluta de la campaña publicitaria: estaba en el póster, era el nombre que aparecía arriba de todo en los avisos, era a quien el público pensaba que iba a seguir durante toda la película. La jugada la explicó Richard Potter, director de desarrollo de Dimension Films, la productora que financió el proyecto. Vas a ver el tráiler y los anuncios, dijo, y vas a estar seguro de que ella es la protagonista, es imposible que muera. Cuando muere al final de esa secuencia, pensás que cualquiera podría morir.
El movimiento no era nuevo del todo. Hitchcock había hecho algo parecido medio siglo antes con Psicosis, y la propia tradición del género venía jugando con la idea de que el personaje que parece seguro termina siendo el primero en caer. Lo que Craven hizo fue llevar esa lógica hasta sus últimas consecuencias en la era de MTV y del póster gigante, y el público entró como un solo hombre. La sorpresa funcionó porque la promesa estaba escrita en cada afiche.
Por qué treinta años después seguimos hablando de esos doce minutos
Lo que se ve en esa secuencia es un laboratorio en miniatura de cómo se construye tensión y sorpresa al mismo tiempo. Hay guion, porque la conversación sobre películas de terror funciona como manual de instrucciones para el propio espectador. Hay dirección, porque Craven maneja los tiempos del teléfono como si fueran un instrumento musical. Hay campaña de prensa, porque la decisión de poner a Barrymore arriba de todo amplifica el golpe hasta volverlo insoportable. Y hay, claro, una actriz llorando por algo que no era ficción.
Mientras escribo esto pienso en mi vieja, que seguro sigue creyendo que Barrymore se había preparado el llanto con algún ejercicio de esos que cuentan los actores en las entrevistas. Voy a tener que llamarla y contarle lo del mechero, aunque también cabe la posibilidad de que lo del perro le haga más ruido que cualquier truco de Hollywood. A veces las historias más fuertes de cine terminan siendo las que ni siquiera estaban en el guion, y eso, mirá, también es un truco, pero de los buenos.
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