Parar no es rendirse: cinco llaves para volver a respirar cuando el día no da más
La coach Marta Cereceda y los reportes de la OIT y la OMS coinciden en que el cansancio que paraliza se Trata de pequeñas pausas, metas concretas y revisar la presión que uno mismo se pone. No hace falta reinventar la rutina, alcanza con empezar por lo más chico.

Me crucé con Marta Cereceda una mañana de esas en que la cabeza ya venía colmada de temas, y lo primero que me dijo fue algo casi obvio, pero que a uno se le olvida en la corrida: parar no es rendirse, es la única manera de no terminar arrastrándose. Lo cuento porque después de escucharla y de repasar lo que vienen diciendo la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), me quedó la sensación de que buena parte de lo que sufrimos no es falta de ganas sino exceso de inercia. La coach especializada en gestión del estrés suele ver en su consultorio a gente que llega con la agenda por encima de los ojos y una certeza muy instalada: cuanto más empujo, mejor me organizo. La realidad, me aclara, suele ser la opuesta. Cuando el ritmo se vuelve una noria sin pausas, lo que se pierde no es el empuje sino el sentido. Por eso, cuando el cansancio no da tregua, la salida no es acelerar sino, paradojas mediante, detenerse un instante. La especialista propone cinco hábitos que no piden reformas ni heroicidades, apenas un click mental y algo de voluntad para respetarlo.
Una pausa que no es pereza
El primer hábito que Cereceda recomienda suena modesto: reservar unos minutos al empezar o al cerrar el día para mirarse por dentro, no para repasar pendientes. La idea es responder tres preguntas simples, casi como si uno se laudara: cómo me siento hoy, qué necesito en este momento, qué tareas siguen teniendo sentido para mí. Esta práctica mínima, me explica la coach, devuelve perspectiva cuando uno trabaja por puro reflejo. Si lo que uno hace dejó de tener un porqué, el cansancio se vuelve crónico y la cabeza empieza a protestar de las peores formas: insomnio, irritabilidad, ese zumbido interno que no se va ni en domingo.
Porque los descansos, coinciden los organismos internacionales, no son un premio: son una necesidad básica. La Organización Internacional del Trabajo viene remarcan que las jornadas extensas y la falta de pausas son un factor de riesgo concreto para el estrés laboral. La Organización Mundial de la Salud, por su parte, insiste en que la prevención de los problemas de salud mental vinculados al trabajo requiere tanto medidas individuales como cambios en las condiciones laborales. O sea, ningún tutorial de productividad reemplaza el hecho de que alguien distribuya mejor las cargas en una oficina.
El enemigo suele ser uno mismo
Hay un paso que a mí, personalmente, me costó entender y me parece clave: preguntarse por qué cuesta tanto parar. A veces, me dice Cereceda, la resistencia viene del miedo a no llegar, del terror a perder el control, o del clásico fantasma de decepcionar al otro o a uno mismo. Lo que propone la coach es bajar toda esa película a palabras y reconocerlo. Cuando uno nombra lo que siente, el problema deja de ser una nube y pasa a ser algo con bordes. A mí eso me cambió la cabeza: una cosa es estar cansado, y otra muy distinta es estar obligado a seguir por una cuenta pendiente que solo vive en la cabeza.
“Parar no es rendirse, es la única manera de no terminar arrastrándose. Lo que se pierde no es el empuje sino el sentido.”Marta Cereceda, coach especializada en gestión del estrés
El quinto hábito que destaca Cereceda y que yo subrayo con birome roja es de orden comunitario: nadie se cuida solo. La OIT recomienda que las empresas consulten a sus equipos sobre la distribución del tiempo y la carga de trabajo. Esto, créanme, no eslogan de coaching barato: es una indicación técnica de un organismo internacional. Cuando el cansancio está en la agenda de toda la oficina, el problema deja de ser personal y se vuelve una cuestión de decisiones que se toman arriba. La OMS, por su parte, vuelve a poner el eje en que la salud mental de los entornos laborales no se arregla con frases motivacionales sino con condiciones concretas: pausas, ritmos sostenibles y consultas reales a los equipos. La comunidad de trabajadores, señalan, pide ser escuchada y que la respuesta llegue de quienes organizan el trabajo.
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