Poner límites no es autoritarismo: por qué decir "no" a tiempo también cuida
Especialistas en crianza advierten que la ausencia de normas claras puede dificultar la regulación emocional y la tolerancia a la frustración en la infancia. La clave, dicen, está en ejercer autoridad con presencia y sin violencia, diferenciando el autoritarismo de una crianza que combina reglas con contención afectiva.

A María, una mamá de Lanús que tiene dos chicos de seis y nueve años, le cambió la rutina familiar el día en que entendió que decir "no" no era lo mismo que gritar, y que poner un horario para dormir, una hora para la merienda o un límite para la pantalla no la convertía en una madre autoritaria, sino en una adulta presente. "Yo creía que si les decía que no a algo se iban a enojar conmigo y me iban a dejar de querer —cuenta mientras acomoda la mesa para la cena—, pero en realidad lo que terminaba pasando era que ellos se enojaban igual y yo quedaba sin herramientas, porque nunca sostenía lo que decía". Esa sensación, que se repite en muchísimos hogares argentinos, es la que motoriza una de las conversaciones más frecuentes en las consultas de psicología infantojuvenil: cómo poner límites sin que eso se confunda con autoritarismo, y cómo dialogar sin que el diálogo se transforme en una negociación permanente donde el adulto pierde su lugar.
En las últimas décadas, cada vez más familias apostaron por reemplazar las órdenes y los castigos por conversaciones largas, explicaciones y acuerdos. El problema, coinciden las especialistas consultadas, surge cuando ese diálogo se vuelve permanente y el adulto deja de sostener su posición frente a un berrinche, una pataleta o una insistencia. Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", hay cosas que se negocian en una familia y cosas que directamente no se negocian, y esa diferencia es central para que los chicos puedan crecer en un entorno predecible. "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso", señala Raschkovan.
Autoridad no es lo mismo que autoritarismo
La especialista distingue con claridad esos dos conceptos que a menudo se mezclan. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder: un modo de imponer la voluntad del adulto por la fuerza, sin escucha y sin explicación. Respetar a niños y adolescentes, en cambio, no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto, dice, está en el buen trato y en el vínculo, no en la ausencia de normas. En esa línea se inscribe lo que la psicología viene estudiando desde hace más de seis décadas: en los años sesenta, la investigadora Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que siguen vigentes como referencia para profesionales y familias. Son el estilo autoritario, con reglas rígidas y poca escucha; el estilo permisivo, donde predomina el afecto pero faltan límites; y el estilo democrático o autoritativo, que combina normas claras con diálogo y contención afectiva.
Es ese tercer estilo el que la mayoría de los especialistas recomienda como punto de equilibrio, y el que mejor se sostiene en el tiempo. La psicóloga Deborah Bellota, que trabaja hace años con familias en la Ciudad de Buenos Aires, advierte que los padres y madres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica, dice, puede favorecer la autoestima, pero también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia posterior a figuras de autoridad como docentes, entrenadores o jefes. En el otro extremo, los hogares donde solo rige la orden seca y el castigo sin explicación producen chicos obedientes por miedo, que después tienen dificultades para tomar decisiones propias y para confiar en los adultos.
“Los límites son una forma de cuidado y son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil y autora de "Infancias respetadas"
Para Raschkovan, esa capacidad de tolerar la frustración no aparece de forma espontánea: se aprende, y se aprende justamente en los pequeños "no" del día a día, sostenidos por un adulto que acompaña. Si un niño no experimenta ese límite en un entorno seguro y afectuoso, es posible que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles fuera de casa, desde un examen en la escuela hasta una frustración laboral o sentimental en la vida adulta. Bellota completa esa mirada al remarcar que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no": después de la palabra firme viene el abrazo, la explicación, la disponibilidad para acompañar lo que esa frustración genera. Poner un límite, coinciden, es también una oportunidad para que el chico aprenda que los vínculos se sostienen en el tiempo, que las reglas no son caprichos y que el amor de un padre o una madre no se rompe cuando aparece un desacuerdo.
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