Sentirse solo y estar aislado no es lo mismo: la diferencia que puede costar hasta casi seis años de vida saludable
Un estudio con más de 277.000 adultos del Biobanco del Reino Unido mostró que la soledad y el aislamiento social pesan distinto sobre el cuerpo y sobre la mente, y que los hábitos saludables no alcanzan para neutralizar el peso de sentirse solo.

Quiero arrancar por Juan, un vecino que conozco de toda la vida, porque su historia me sirve para entrar en un tema que a esta altura ya nadie puede mirar de costado: la diferencia entre estar solo y sentirse solo, que parece un juego de palabras pero no lo es, y que según una investigación reciente puede traducirse en hasta cinco años y ocho meses menos de vida sin enfermedades mentales para los hombres, una cifra que a mí, que tengo cuarenta y tantos y arrastro los achaques de una década de notas en el interior profundo, me dejó pensando más de la cuenta.
Lo que acaban de difundir desde la Universidad de Tulane, en un comunicado del 22 de septiembre de 2026, no es un dato suelto ni una intuición de café: es el resultado de seguir durante años a más de 277.000 personas del Biobanco del Reino Unido, todas con edades entre los 40 y los 69 años, y a las que al momento de ingresar al estudio no se les había diagnosticado ninguna de las siete enfermedades que los investigadores pusieron bajo la lupa: diabetes, problemas cardíacos, enfermedades pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad, lo que en criollo significa que arrancaban sanos y que la idea era ver cuántos años de vida saludable podían esperar, tomando como referencia los 50 años.
Dos palabras que no significan lo mismo
Antes de seguir, vale la pena aclara una cosa que a veces se mezcla en la conversación de cualquier mesa familiar: el aislamiento social es una cuestión objetiva, es decir, tener pocos vínculos, ver poca gente, hablar poco con el entorno; la soledad, en cambio, según la define el Consejo Nacional de Envejecimiento, es un malestar subjetivo, es el sentirse sin una conexión significativa, aunque uno tenga a los nietos a upa, y por eso una persona puede estar aislada y no sentirse sola, o puede estar rodeada y sentirse más vacía que un pueblo un domingo a la tarde, y esa distinción es la que el estudio tomó en serio y la que terminó explicando por qué los resultados no son parejos.
- Aislamiento social: pocas relaciones o interacciones limitadas con los demás. Es una condición objetiva.
- Soledad: malestar por la falta de una conexión significativa. Es una sensación subjetiva.
- Una persona puede estar aislada sin sentirse sola si esos pocos vínculos la satisfacen.
- Y también puede estar acompañada y sentirse profundamente sola.
- Esa diferencia aparece en los datos y cambia el tipo de riesgo que se corre.
Los números, cuando uno los mira con detenimiento, golpean: entre las mujeres que atravesaban soledad y aislamiento social, la estimación de años de vida sin problemas físicos fue 2,4 años menor que la de quienes no estaban en esa situación, mientras que entre los hombres la brecha fue de 1,7 años; pero cuando se miró la salud mental, la cosa se dio vuelta y la diferencia llegó a los 3,7 años para las mujeres y a los 5,8 años para los hombres, lo que en cristiano quiere decir que el mayor castigo de sentirse solo se lo llevan los varones en la cabeza, y que ese casi seis años de brecha es el dato más fuerte de toda la investigación, el que a mí más me hizo ruido y el que creo que vale la pena repetir hasta el cansancio.
Los hábitos ayudan, pero no alcanzan
Ahora bien, y acá viene la parte que más me interesa contarles porque es la que tiene un costado de esperanza pero también de advertencia: una alimentación saludable, hacer actividad física, dormir bien y no fumar atenuaron la pérdida de años sin enfermedades asociada al aislamiento social, lo que confirma algo que uno ya viene sospechando hace rato, que el cuerpo responde cuando uno lo cuida aun en contextos adversos; pero esos mismos hábitos no redujeron de manera significativa los riesgos vinculados con la soledad, y eso, miren, es lo que a mí más me preocupa como ciudadana y como periodista, porque significa que al sentimiento de no tener conexión significativa no se lo combate solo con una ensalada y una caminata, y que por más ordenada que sea la rutina, si adentro late el vacío, el cuerpo termina pagando la cuenta.
“Los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, y muestran que las intervenciones sobre los hábitos por sí solas no alcanzan cuando lo que está en juego es la soledad.”Lu Qi, investigador principal del estudio
El propio Lu Qi, investigador principal del trabajo, lo dijo en el comunicado con todas las letras: los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, una frase que en el lenguaje llano quiere decir que mirar solo el cuerpo o solo la cabeza es mirar la mitad del problema, y que las intervenciones sobre los hábitos por sí solas no alcanzan cuando lo que está en juego es la soledad, lo que deja una pregunta incómoda para los sistemas de salud y también para cada uno de nosotros, porque a esta altura del partido ya no alcanza con recomendar buena alimentación y actividad física, y hay que empezar a hablar en serio de los vínculos, del tiempo que uno le dedica al otro, de las rondas de mate que cada vez son más cortas, de las llamadas que cada vez son más espaciadas, y de qué está haciendo cada comunidad, cada club de barrio, cada centro de jubilados, para que ese lazo no se siga aflojando.
Por eso, sin ánimo de meterle el dedo en la llaga a nadie pero con la convicción de que hay temas que no pueden esperar, lo que esta investigación viene a pedirle a las autoridades sanitarias y a los municipios es que dejen de mirar la soledad como una cuestión privada y la empiecen a tratar como lo que los números muestran que es: un factor de riesgo con mayúsculas, que castiga sobre todo la salud mental de los hombres, que atraviesa todas las edades adultas y que no se resuelve con folletos, mientras que a cada uno de nosotros, como vecinos y como comunidad, lo que nos queda es la tarea más difícil y también la más bonita, que es la de no dejar solo al que tenemos al lado, aunque sea con un mensaje de WhatsApp, aunque sea con un café de diez minutos, porque a veces uno no sabe lo que una conversación salva hasta que se pone a leer este tipo de estudios y se da cuenta de que detrás de cada cifra hay una historia, y detrás de cada historia hay alguien como Juan, o como cada uno de nosotros, que solo necesita que alguien le diga acá estoy.
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