El cuarto dejó de ser un refugio: hoy se decora para una audiencia que no termina de irse
Paredes neutras, camas prolijas y luces que parecen de estudio. Adolescentes que antes llenaban la habitación de pósteres y recuerdos hoy la ordenan como si fuera un set, y la intimidad empieza a quedar en offside.

Recuerdo a Malena, una piba de trece años que conozco del barrio, entrando al cuarto de su hermano mayor mientras acomodaba un póster de una banda que le gustaba. Su madre le gritaba desde la cocina que no pegara más cosas en la pared, y ella respondía, con esa sinceridad que solo se permite a esa edad, que ese era su territorio y que la puerta cerrada significaba que nadie opinara. Era un pacto simple, casi sagrado: adentro se podía ser un desastre. Hoy, cada vez que paso por esa casa y asomo por la puerta, encuentro otra cosa: el cuarto ordenado, la cama tendida con una prolijidad casi de hotel, luces tibias que parecen de un set de grabación y una pared limpia, sin una sola foto, sin un recorte, sin una marca. El hermano de Malena no es un caso raro: es la regla nueva.
La escena que describió esa madre hace un par de décadas era la más común del mundo. Entrar al cuarto de un adolescente era meterse en un pequeño campo de pruebas: pósteres pegados con cinta, ropa sobre la silla, manuales de la escuela desparramados, un diario íntimo escondido debajo del colchón o dentro de un cajón con doble fondo. El desorden no era un defecto de limpieza: era la prueba de que ese espacio pertenecía a alguien que lo estaba usando para crecer, para equivocarse a salvo, para ensayar quién quería ser antes de salir a la calle.
La mirada que se mudó al cuarto
Ahora, en cambio, muchos cuartos que circulan por redes sociales son casi calcados entre sí: tonos neutros en las paredes, la cama impecable, tiras de luces que ofician de reflectores improvisados, y poco lugar para lo personal. No es que la personalidad haya desaparecido; más bien se replegó del plano físico para buscar otro tipo de visibilidad. Como señala el sociólogo Erving Goffman, en cualquier interacción hay un "frente de escena", la fachada que mostramos ante los demás, y un espacio de descanso donde es válido bajar el personaje. La habitación del adolescente venía cumpliendo históricamente ese segundo rol: con la puerta cerrada, el mundo esperaba afuera.
“Ese pacto se rompió. Lo que antes era un laboratorio íntimo empieza a parecerse a un decorado pendiente de la cámara, aunque la cámara no esté encendida.”Rosana Charole, Comunidades y territorio
La escritora Sithara Ranasinghe lo describe como una habitación con paredes de cristal: el límite entre el escenario y la intimidad se disuelve bajo la mirada de una audiencia que el adolescente ya no puede ubicar. Lo más inquieto no es que el cuarto se vea bonito, sino que la sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y compartido modifica la conducta. Inhibe el desorden, desalienta la espontaneidad y empuja a estandarizar todo, como si la habitación tuviera que aprobar un casting permanente del que participan desconocidos que nunca vamos a conocer.
- Las paredes se visten de tonos neutros porque cualquier objeto personal compite con quien se muestra delante.
- La cama pasa de ser un revoltijo a un elemento casi escenográfico, listo para aparecer en cualquier plano.
- Las tiras de luces reemplazan a las lámparas de mesa, porque iluminan mejor y se lucen en cámara.
- Los pósteres y recuerdos se guardan o se mudan al celular, donde se editan antes de mostrarse.
- La prolijidad ya no la marca la madre cuando entra a hacer la cama: la marca una audiencia invisible que el adolescente lleva adentro.
Lo que la comunidad educativa empieza a pedir
En los talleres que doy con familias y con docentes de comunidades del conurbano y del norte argentino, aparece una y otra vez la misma preocupación: no es el celular en sí, ni la red social puntual, sino la sensación de que se perdió el margen de imperfección. La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un tiempo de prueba donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que dejan estos cuartos despojados es hasta qué punto ese margen sigue existiendo cuando la habitación propia se convierte en un set permanente.
Por eso, cada vez más madres y padres, junto a referentes comunitarios y equipos de orientación escolar, le están pidiendo a las plataformas y al propio Estado que regulen los algoritmos que premian la estética y castigan la intimidad, y que se garantice educación digital con perspectiva de derechos en las escuelas. Mientras tanto, en las casas, la pelea de fondo sigue siendo la de siempre: abrir la puerta, sentarse en la cama, y recordarles a los pibes que tener un cuarto desordenado, lleno de pósteres y de cosas que solo ellos entienden, también es una forma sana de estar en el mundo.
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