El cuidador que se queda solo: cuando dar todo a los demás deja la mesa vacía en la madurez
La psicología clínica advierte sobre un perfil paradójico: personas competentes, queridas y siempre dispuestas que, al cruzar los 60, descubren que su red de afecto se apoyaba más en lo que resolvían que en lo que devolvían. Reconocerlo a tiempo abre la puerta a vínculos más recíprocos antes de que las etapas de cambio sigan adelgazando el círculo íntimo.

Yo quiero contarles algo que escuché esta semana y que me dejó pensando varios días. Marta tiene 62 años, vive en un pueblo chico del interior bonaerense y siempre fue la persona a la que todos llamaban cuando había un problema. Cuando su madre se enfermó, fue Marta. Cuando el hijo de una vecina quedó sin trabajo, fue Marta. Cuando el marido de su amiga tuvo un ACV, fue Marta la que cocinó, la que acompañó al hospital, la que habló con los médicos. Hoy, a las seis de la tarde, su teléfono no suena. Y ella me dice, con una mezcla de vergüenza y asombro: "No tengo a quién llamar yo".
El perfil que la clínica empieza a ver en los consultorios
La psicología clínica viene identificando un patrón que hasta hace poco no tenía nombre demasiado claro y que, en la consulta, aparece una y otra vez entre adultos que cruzan los 60. Son personas socialmente activas, queridas por su entorno, con vidas profesionales y comunitarias plenas, que al llegar a la madurez descubren algo que las descoloca: sus vínculos, en su mayoría, fueron funcionales. Es decir, se sostuvieron mientras ellas pudieron resolver, gestionar, contener o conectar a los demás. Cuando cambió la etapa, ese andamiaje se aflojó.
“El mecanismo se vuelve visible cuando cambian las circunstancias. Una salida del mercado laboral, una pérdida personal o cualquier crisis propia expone que muchos de esos vínculos dependían de la utilidad funcional: el acceso a experiencia, contactos o capacidad de gestión. Cuando esa utilidad desaparece, la red se adelgaza.”Rosana Charole, Comunidades y territorio
Cuidado compulsivo: cuando dar se vuelve identidad
Los especialistas llaman cuidado compulsivo a la tendencia a construir la propia identidad alrededor de la fortaleza y de la disponibilidad permanente. Quien ocupa ese lugar escucha, acompaña y resuelve con una generosidad que muchas veces no pide nada a cambio, ni siquiera un café. Pero rara vez recibe la misma contención de vuelta. Con los años, el entorno se acostumbra: la persona fuerte no necesita ayuda, simplemente está ahí para darla.
Hay además un obstáculo más silencioso y por momentos más cruel: la dificultad para pedir ayuda. Quienes ejercieron el rol de cuidadores durante décadas asocian pedir auxilio con una amenaza a su propia autoestima. Mostrar vulnerabilidad les resulta incómodo porque contradice la imagen que ellos mismos ayudaron a construir, y esa incomodidad los lleva a atravesar sus crisis en soledad aun cuando tienen gente cerca. Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las del MIT, confirman que los vínculos sostenidos casi exclusivamente sobre la función colapsan cuando el contexto cambia, mientras que la reciprocidad genera lazos que sobreviven a esas transiciones.
La salida que propone la psicología
La salida no pasa por dejar de cuidar a los demás, porque casi nadie que encaja en este perfil está dispuesto a hacerlo y, además, no es ese el punto. Lo que la psicología propone es habilitar la reciprocidad: dos movimientos concretos que parecen simples en el papel y resultan enormes en la vida cotidiana. Por un lado, aprender a decir "necesito" sin sentir que uno está molestando. Por el otro, revisar con honestidad qué relaciones sobreviven cuando uno deja de ser útil y cuáles, en cambio, se sostienen porque hay afecto de verdad de los dos lados.
Yo vuelvo a pensar en Marta mientras escribo esto, y también pienso en Roberto, el jubilado que me contó que durante treinta años fue el contador al que todos consultaban gratis en el club, y que hoy nadie lo invita a comer un asado. Pienso en Patricia, la maestra que se jubiló en diciembre y que, a los pocos meses, se dio cuenta de que sus amigas del profesorado habían sido sus amigas mientras ella podía organizarles los actos y los viajes. La psicóloga que las atiende me lo resumió en una frase que me parece justa y que quiero dejarles como cierre: cuanto antes se trabaje este patrón, más tiempo hay para construir relaciones de intercambio genuino antes de que la red social se reorganice en torno a la jubilación o a cualquier cambio de etapa. Lo que la comunidad pide, y a quien se lo pide, es bastante simple: que se los escuche también a ellos, que se los incluya también a ellos, y que se los llame también a ellos cuando no hay nada que resolver.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo


Un estudio advierte sobre los peligros de la IA para la salud mental de los adolescentes

