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Lunes, 12 de octubre de 2026
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La mesa familiar como escuela: por qué comer juntos cambia lo que los chicos eligen en el plato

Un consenso argentino de especialistas en nutrición pediátrica propone mirar más allá del menú y poner el foco en el entorno, los acompañantes y las rutinas que moldean los hábitos desde los dos hasta los diecisiete años.

RC
Rosana CharoleComunidades y territorio · · 4 min de lectura
La mesa familiar como escuela: por qué comer juntos cambia lo que los chicos eligen en el plato

Soy Rosana Charole, de Comunidades y territorio, y quiero compartirles algo que me parece de esos cambios de mirada que uno agradece como lectora y como vecina. Hace rato que cuando hablamos de alimentación infantil la conversación se reduce a qué tiene que comer un chico y qué tendría que evitar, como si la cuestión pasara nada más por la lista del súper o por la etiqueta del paquete. Un grupo de profesionales argentinos vino a sacudir ese esquema y a recordarnos que un niño también aprende a comer en el momento en que se sienta a la mesa y en la compañía que se pone al lado. Esta vez no alcanza con mirar el plato: hay que mirar alrededor del plato.

La propuesta se llama NutreAR, la impulsó PROFENI, que reúne a Profesionales Expertos en Nutrición Infantil, y se presentó en el noveno Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría. Es decir, no es una ocurrencia aislada sino un consenso de especialistas que vienen trabajando hace tiempo en cómo acompañar a las familias. La idea central tiene un nombre técnico, comensalidad, y sirve justamente para englobar todo lo que rodea al acto de comer: el momento del día, las personas que se sientan, el ruido de fondo, la presencia o no de una pantalla, la duración del encuentro. Comer, en definitiva, nunca es un hecho aislado, y mucho menos en la infancia.

Imitar para aprender, también en la mesa

Uno de los mecanismos más sólidos que describen los especialistas es el aprendizaje por imitación, ese mismo que lleva a un chico a copiar los gestos, las palabras y, por qué no, también los sabores que ve en su entorno. Cuando en una casa los adultos y los hermanos prueban alimentos variados, los más chicos suman opciones a su propio repertorio con menos resistencia. En cambio, cuando un niño se acostumbra a un menú muy acotado, la selectividad alimentaria se va haciendo más difícil de revertir porque no hay modelos que le muestren otra cosa. La recomendación concreta es bien concreta: ofrecer siempre algo nuevo, aunque sea en poca cantidad, y evitar consolidar un repertorio tan restringido que después cueste muchísimo ampliar.

  • Edad preescolar, alrededor de los dos años: el chico empieza a comer en la mesa familiar y a incorporar reglas que le servirán toda la vida, por lo que vale la pena bancar el desorden típico de esta etapa.
  • Escolares, de seis a doce años: la presencia de pares, en la escuela o en cumpleaños, se vuelve un motor fuerte de imitación y de aceptación de alimentos nuevos.
  • Adolescentes, desde los catorce o quince: crece la tendencia a comer solos en el cuarto y con pantalla encendida, y por eso es clave sostener al menos una comida compartida por día.

Una comida compartida por día, aunque sea con amigos

Me parece importante detenerme en este punto porque toca una fibra muy real de las casas argentinas. A partir de los catorce o quince años la cena en el cuarto, frente a la compu o el celular, deja de ser la excepción y se vuelve casi la norma, y lo mismo pasa con el almuerzo si el chico tiene horarios cruzados. Lo que el consenso propone no es una utopía doméstica sino una meta al alcance: al menos una comida compartida por día. Y aclaran algo que a mí me sacó una sonrisa cómplice: la mesa no tiene que ser obligadamente la mesa familiar en su sentido más estricto, porque cenar con amigos cumple exactamente la misma función de encuentro, de conversación y de imitación que cenar con padres y hermanos. La cena suele ser la franja horaria más viable, ya que los horarios de trabajo, de escuela y de actividades deportivas hacen muy difícil coincidir en el desayuno o en el almuerzo.

El alcance del consenso va desde los dos hasta los diecisiete años, con orientaciones diferenciadas para cada etapa, porque las necesidades nutricionales de un niño de dos años, las de uno de diez y las de un adolescente de dieciséis no son las mismas, ni en cantidades ni en ritmos ni en la forma de sentarse a la mesa. Por eso la propuesta apunta a leer cada momento de la infancia y la adolescencia con su propio contexto, sin caer en recetas únicas. La comensalidad tampoco termina en la puerta de la casa, ya que en la escuela los comedores con menús planificados con criterios nutricionales y las viandas preparadas en el hogar amplían las opciones y abren conversaciones que después se trasladan a la mesa familiar, del mismo modo que las tradiciones de cada comunidad, los sabores heredados y las formas de cocinar de las familias terminan formando parte, sin que nos demos cuenta, de la educación alimentaria que un chico lleva puesta para siempre.

RC
Rosana CharoleComunidades y territorio

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