Llagas en la boca: cuatro señales para no dejar pasar y llamar al profesional
Una afta común suele irse sola en una o dos semanas, sin mayores sobresaltos. Pero hay situaciones bien concretas en las que conviene pedir turno con el odontólogo o el médico de cabecera antes de seguir esperando.

Yo te lo digo de entrada, porque me parece lo más honesto que puedo hacer en esta columna: a cualquiera le pasó, en algún momento, levantarse con una llaga en la encía, en la cara interna del labio o debajo de la lengua y pensar que era algo sin importancia. Y en general lo es. Las aftas —esas úlceras pequeñas, redondeadas, blanquecinas en el centro y rojizas en el borde— aparecen de repente, duelen bastante y se resuelven solas en una semana o dos, sin necesidad de tratamiento ni de besar a nadie con cuidado, porque ojo con un dato que mucha gente no tiene claro: las aftas no se contagian. No son herpes, no son una infección, no se pasan por compartir un vaso, un mate, un beso. Eso lo remarcan tanto el Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos como la clínica Mayo, y es la primera aclaración que vale la pena hacer para sacarse el miedo de encima.
Se calcula que cerca de una de cada cuatro personas va a tener al menos una afta importante a lo largo de su vida, así que no estamos hablando de una rareza, sino de algo bastante frecuente. En la enorme mayoría de los casos, el tema se resuelve con paciencia, con un gel de venta libre que calme el ardor y con algún enjuague antiséptico suave que ayude a mantener la zona limpia mientras el cuerpo hace su trabajo. Eso sí: ninguna crema ni ningún buche va a impedir que la lesión vuelva, y eso también es bueno saberlo de entrada, porque después aparece la frustración de quien dice «ya me pasó tres veces este año, algo malo tengo».
Por qué aparecen y por qué a veces cuesta tanto sacárselas de encima
Las causas más comunes, según la clínica Mayo, son bien terrenales y uno las reconoce enseguida cuando las lee: morderse accidentalmente la mejilla o el labio mientras se come, cepillarse los dientes con una fuerza innecesaria, tener un aparato de ortodoncia que roza, una prótesis mal calibrada o un diente con un filo que raspa como papel de lija. A esa lista se le suman los alimentos muy ácidos, los picantes y los excesivamente salados, que irritan la mucosa y alargan el malestar mucho más allá de lo que la llaga en sí justificaría. La buena noticia es que, cuando uno identifica ese factor y lo corrige —baja el cepillado a modo delicado, va al dentista a que le ajuste la corona nueva, se cambia la punta del cepillo—, las posibilidades de que vuelva a aparecer en el mismo lugar bajan mucho.
- Mordeduras accidentales al comer o hablar.
- Cepillado dental demasiado enérgico o con cerdas duras.
- Roce constante de brackets, alineadores o prótesis mal ajustadas.
- Bordes filosos en alguna pieza dental o en una restauración.
- Alimentos muy ácidos, picantes o salados que irritan la mucosa.
Cuándo la cosa deja de ser «una llaga y nada más» y pasa a ser una consulta
Acá viene el corazón de la nota, porque no todas las aftas son iguales ni se tratan de la misma manera. La clínica Mayo y los consensos internacionales son bastante claros con los criterios de alarma, y los resumo para que los tengas a mano, como me gusta dejarlos en estas columnas: una llaga que sigue abierta pasadas las dos semanas, una llaga que vuelve una y otra vez con frecuencia, una llaga que aparece enorme —más de un centímetro, que ya deja de ser una afta común para entrar en territorio de afta mayor— o una llaga que aparece antes de que haya terminado de cerrarse la anterior. A esos cuatro signos hay que sumarles otros tres que también empujan a pedir turno: dolor que no se calma con nada y que impide comer o tomar líquido con normalidad, fiebre asociada a la lesión, y cualquier cambio raro en el aspecto o en la sensibilidad de la zona.
¿Por qué tanta insistencia con los dos semanas? Porque en medicina bucal la regla es bastante clara: lo que cura solo en pocos días no suele ser nada grave; lo que se queda más tiempo del razonable ya merece que un profesional lo vea, lo toque y, si hace falta, lo estudie. Y acá no hablo como opinóloga, hablo como te lo repetiría cualquier odontólogo que te atendiera en el consultorio de la esquina de tu casa.
Otro punto que merece la pena desarrollar, porque genera mucha ansiedad en la gente: las aftas que se repiten seguido pueden estar hablando, a veces, de algo que está pasando en otro lado del cuerpo. La clínica Mayo menciona niveles bajos de hierro, de zinc, de ácido fólico o de vitamina B12, y hay trabajos publicados en el repositorio científico PMC que sugieren que, antes de etiquetar a alguien como «persona con aftas recurrentes», hay que descartar otras causas posibles —desde enfermedades autoinmunes hasta reacciones a medicamentos o a determinados alimentos—. Insisto con algo importante: que exista esa asociación no quiere decir que todo el que tenga aftas seguidas tenga una carencia ni, mucho menos, que deba salir a comprar suplementos por su cuenta. Eso lo decide el profesional, mirando la historia clínica, los análisis y el contexto de cada paciente.
“Una afta ocasional no es motivo de alarma. La consulta cobra peso cuando la lesión se prolonga, se repite, crece o aparece antes de que termine de cerrar la anterior.”Criterio de la clínica Mayo, retomado por los consensos de medicina bucal
Qué le pide la comunidad médica a quien llega al consultorio
Si vos o alguien de tu familia está en alguno de esos escenarios, lo que los odontólogos y los médicos de cabecera suelen pedir es bastante concreto: que el paciente no se automedique con antibióticos ni con corticoides tópicos antes de la consulta, que anote desde cuándo tiene la lesión, cuántas veces le apareció en los últimos meses y si hubo algún desencadenante claro —un alimento, un cambio de pasta dental, una situación de estrés, un cuadro anémico reciente—. Esa información, que parece menor, es la que después permite al profesional decidir si se trata de una afta común y corriente o si hace falta pedir estudios complementarios, como un hemograma, una ferritina o una derivación al dermatólogo o al especialista en medicina interna. La comunidad odontológica, en definitiva, no pide más que eso: que uno no se quede en casa esperando que se pase sola cuando el cuerpo está dando señales claras de que algo no está cerrando como debería.
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