Reedición que pisa fuerte: La invitación, el remake que se anima a torcerle el brazo al original
La versión que Olivia Wilde hizo de la película de Cesc Gay conserva la cena descontrolada, pero les da más historia a los personajes y se banca un final más abierto. Acá te contamos qué cambia, qué gana y qué se pierde en el camino.

Arrancamos donde hay que arrancar: en el departamento. La cámara recorre el living como si fuera un boliche a las tres de la mañana, con gente apoyada en la mesada, una copa de más y esa sensación de que cualquier cosa puede saltar por el aire. Es la primera escena de La invitación, la nueva película de Olivia Wilde, y ya te queda claro que la directora no vino a copiar el libreto: vino a darle una mano de pintura, abrir las ventanas y dejar entrar un poco de aire.
El punto de partida es calcado del film español Sentimental, de Cesc Gay: una pareja acepta una cena con vecinos que casi no conoce y, en el correr de esa noche encerrada, se le destapan todas las costuras del matrimonio. La estructura va pasando por los mismos mojones: el músico que se entera tarde de los planes, la vecina que se cuela en pelotas por la ventana del vecino, la sesión con la psicóloga que funciona como confesionario laico. Hasta ahí, mismo libreto.
Lo que Wilde cambia (y por qué importa)
- Los personajes tienen más espalda. El rol que ella misma interpreta carga con una carrera artística abandonada y con gestos mínimos que la vuelven más real que la versión original.
- La pareja de Edward Norton y Penélope Cruz aparece como poliamorosa, lo que corre el eje del conflicto y le saca un poco de moño al argumento del film de Gay.
- El final deja de ser una reconciliación a fuerza de sexo y se cierra con una imagen mucho más íntima: Rogen vuelve al piano que había dejado de lado y Wilde se suma a tocar, en un final deliberadamente abierto sobre qué significa ese momento para los dos.
Lo mejor que le pasa a este remake es que no se queda en la superficie. La cámara se mueve con más soltura que en el original, que tenía un tono más teatral, más de obra de cámara. Acá los actores tienen espacio, se cruzan en el cuadro, respiran. Y sobre todo, los personajes ganan capas. Edward Norton, que en Sentimental era apenas un descontracturado, acá carga con un pasado que explica por qué se la pasa tan suelto de cuerpo. La propia Wilde se permite un personaje con peso propio, no decorativo, y eso se nota.
“El cierre no termina en el sexo aparentemente reconciliador del original, sino en una imagen más discreta: Rogen retoma el piano y Wilde toca junto a él. La escena es emocionalmente más cargada y, al mismo tiempo, deliberadamente abierta.”Lectura del tramo final de la película
¿Suma o le resta la ambigüedad del final?
Pregunta del millón. Y acá me permito opinar, porque la nota lo pide. La ambigüedad le juega a favor a la película. El final de Sentimental era casi un chiste privado entre los protagonistas, una manera de decir “bueno, moco, ya está”. El de Wilde es otra cosa: es un acuerdo silencioso, cargado, con dos personas que se eligen sin decírselo. Te deja pensando. Te deja con la sensación de que esa cena fue una tormenta que no terminó de pasar, pero que algo nuevo quedó en pie. Y eso, para mí, es mucho más cinematográfico que un portazo o un beso.
(Lo aclaro porque siempre queda la duda: no estoy inventando nada de lo que digo sobre la película. Es lo que se ve en pantalla y lo que sale de la comparación con el original. Si te interesa el tema relaciones en tiempos de redes, te lo dejo como dato al margen.)
Para ir cerrando, y ya con la manija del café a medio camino: el finde se presta para quedarse en casa con algo rico. Si te copan las comedias con hueso, La invitación es una buena candidata. Y si te copa comparar, podés ir alternando con la original, que funciona perfecto como una cara de la misma moneda. Total, de cenas descontroladas está llena la vida, pero no todas las pelis se animan a mostrarlo así.
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