Cuando lo que se ve, se siente o se cree deja de parecerse a lo que ven los demás: cuando la consulta médica deja de ser opcional
Hay señales que mucha gente minimiza o atribuye a los nervios, al cansancio o a cosas de la edad, y que en realidad justifican pedir una evaluación profesional. Ver imágenes que nadie más ve, sentir que el cuerpo o los objetos cambian de tamaño o sostener una creencia firme que afecta la vida cotidiana pueden tener causas muy distintas, y solo un profesional puede distinguirlas.

Me lo dijo muchas veces la gente con la que hablo en los barrios: uno se acostumbra a ciertas rarezas y termina conviviendo con ellas como si fueran parte del paisaje. Y eso, que parece una forma práctica de, muchas veces lo que hace es retrasar la consulta. Ver figuras que los demás no ven, notar que una habitación se agranda o se achica, sentir que la piel tiene algo que se mueve debajo, o estar convencido de que la pareja engaña aunque no haya un solo dato cierto, no son experiencias que se resuelvan con voluntad ni con un buen rato de descanso. Son motivos suficientes para sentarse frente a un profesional de la salud, y mientras antes mejor.
Tres palabras que conviene aprender a distinguir
- Distorsión: la persona modifica la percepción de algo que efectivamente existe, por ejemplo siente que una pieza se estiró o se encogió, aunque los demás la vean igual.
- Alucinación: se percibe algo que no tiene un estímulo externo que lo produzca, como ver una persona donde no hay nadie.
- Delirio: es una creencia fija que se mantiene aunque haya pruebas en contrario, y que generalmente genera un malestar intenso y deteriora los vínculos.
Esa diferencia, que parece técnica, no lo es tanto cuando uno la piensa desde la vida cotidiana. Una distorsión puede hacer que alguien sienta que su mano se infló hasta ocupar media habitación; una alucinación puede hacer que una persona mayor con problemas de vista vea, niños o animales donde no los hay, y que incluso reconozca que no son reales; un delirio puede llevar a alguien a estar convencido de que su pareja lo engaña, de que un ser querido fue reemplazado por un impostor o de que él mismo se transformó en otro ser. Las tres experiencias son distintas y, por eso, la evaluación profesional es la que puede ponerles nombre y, sobre todo, indicar qué atención necesita cada persona en función de sus antecedentes, su contexto y otras manifestaciones.
Importa saber, por ejemplo, que ver imágenes que nadie más ve no indica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. En el síndrome de Charles Bonnet, que se presenta en personas con pérdida importante de visión, pueden aparecer imágenes complejas y el propio paciente suele reconocer que no son reales. La evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos y, ante presentaciones atípicas, estudios de neuroimagen para descartar otras causas. Del mismo modo, las alteraciones del tamaño aparente del cuerpo o del entorno, las que la literatura médica describe bajo el nombre de síndrome de Alicia en el País de las Maravillas, afectan la percepción visual, corporal y temporal: una revisión de 169 casos encontró que la migraña era la causa más frecuente en adultos y las encefalitis predominaban en menores de dieciocho años, lo que vuelve indispensable el contexto clínico antes de hablar de cualquier otra cosa.
Cuando alguien siente que tiene organismos sobre la piel o debajo de ella, la evaluación debe descartar primero una infestación real y, después, otras causas médicas como déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones o consumo de sustancias, antes de considerar un diagnóstico psiquiátrico primario. Y los famosos celos delirantes, los que llevan a un control obsesivo de la pareja, no equivalen a una discusión de convivencia: son una manifestación clínica que requiere atención profesional, del mismo modo que la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que un allegado fue reemplazado por un impostor. La regla es simple y la repite cada especialista con el que uno cruza: nada de esto se interpreta como una conducta voluntaria ni como una exageración, y nada de esto se resuelve solo.
“La consulta no espera a que uno entienda lo que le pasa, espera a que uno decida que lo que le pasa ya no puede seguir así.”Rosana Charole, periodista
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