Sergio se queda: cuando el hastío se disfraza de convicción

Vayan imaginando la escena: un living habanero, un hombre con un vaso a medio servir y la puerta entreabierta por donde se acaba de ir la última valija. En esa habitación queda Sergio, el protagonista de Memorias del subdesarrollo, mirando cómo la Revolución Cubana le pasa por delante sin pedirle permiso. La película de Tomás Gutiérrez Alea, estrenada en 1968, lo toma justo en ese instante y lo deja ahí, flotando entre el living y la historia, durante casi dos horas.
Lo que me gusta de esta peli, y se los digo de entrada, es que no necesita que el personaje sea un héroe ni un villano. Sergio es un escritor que se queda en Cuba cuando su familia se manda a Miami, pero no se queda por una causa: se queda por aburrimiento, por esa pereza elegante de quien cree que cualquier otro lugar le va a resultar peor que el propio hastío. Esa decisión, que parece chica, es la que organiza todo el relato.
(Acá aparece el primer tic de mi vieja, que cada vez que alguien le preguntaba por qué se quedó en el pueblo después del quiebre del 2001 decía, en ucraniano, algo así como "la casa no se muda con uno, uno se muda con la casa": ella, como Sergio, tampoco se fue por convicción, se quedó por desgano.)
Un tipo que quiere moldear a sus novias como si fueran personajes
En paralelo a los cambios del país, Sergio arma y desarma vínculos sentimentales. No busca compañía, busca moldear: quiere adaptar a sus parejas a sus propios gustos, intervenir en cómo leen, cómo se visten, cómo piensan. Las relaciones funcionan como una extensión de su obra, y la película las cruza con la transformación social sin subrayar nada: deja que el espectador saque sus propias conclusiones sobre las diferencias de clase y sobre el lugar incómodo que eligió.
- Saltos al pasado que van y vuelven sobre los recuerdos del protagonista.
- Imágenes de noticiarios reales, incluida la Crisis de los Misiles, que meten la historia grande adentro de la vida chica.
- Una estructura de recuerdos que mezcla lo íntimo con lo colectivo.
- Un protagonista sin bandera política, que encarna el desarraigo más que el compromiso.
Por qué se la puede leer como Tercer Cine
Esa mezcla de ficción y archivo, de drama personal y documento, es la que permite emparentar a Memorias del subdesarrollo con el Tercer Cine latinoamericano: una corriente que frente al modelo de estudio de Hollywood y al cine de autor europeo propuso cámaras y celuloide más baratos, libertad económica para los realizadores y un interés explícito por los conflictos sociales y políticos de la región. Cuba, como señal de varias fichas de la época, fue uno de los polos fuertes de ese movimiento.
La pregunta que dejó abierta la nota de origen me parece la que más rinde: ¿qué les aporta a las películas de ficción la incorporación de imágenes de hechos reales? Mi respuesta, después de repasar el material, es que les aporta una doble mirada: el ojo del personaje, que ve la historia desde el sillón, y el ojo del noticiero, que le recuerda al espectador que afuera de ese living pasó (y sigue pasando) algo que no cabe en un vaso a medio servir.
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